La muerte de Mamá Grande

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La muerte de Mamá Grande

Cuando Fidel Castro, hace unos años, mandó a matar al general Ochoa y a Antonio de la Guardia, Carmen Balcells, llamada la Mamá Grande, dejó de ir para siempre a La Habana.

Cuestión de amistad, dijo. Una vez, todavía en su casa de la calle de Anglí, en Barcelona, en una fiesta para Mario Vargas Llosa, hubo una discusión terrible entre Carlos Barral y Vázquez Montalbán.

Los dos estaban en tragos altos y cabalgaban sobre un tigre. Al final, Vázquez Montalbán, le gritó a Carlos Barral: “¡Hemos salido pese a ti”.

La Mamá Grande, a dos pasos, se sonreía. Ella era la agente literaria a la que temían los editores, la agente que hizo que sus autores tuvieran contratos menos feudales con sus obras, la agente que convencía a sus autores de que eran unos genios (eso un día) y al mismo tiempo no eran nada (eso al día siguiente).

Era simpática, generosa y terrible. Lo más que le gustaba en el mundo era comer con sus amigos, incluso comer sola, pero con sus amigos mucho mejor.

Cuando viajó de regreso de la India le dijo a todo el mundo que ella era el único ser humano que había engordado en aquel lugar salido todavía de las páginas de la Biblia, las mejores y las peores.

En la negociación de derechos de autor hacía, entre los editores, una carnicería por cada contrato. y, sin embargo, la querían, y hasta la amaban.

En otra ocasión, recorrió Santiago de Chile en un helicóptero alquilado por un gánster que había conocido en La Habana, amigo de su íntimo amigo Gabriel García Márquez.

Después contó que era una delicia ver Santiago desde el cielo, ella que era la Mamá Grande de tantos escritores.

Gritaba y lloraba, si hacía falta, para salirse con la suya y perdió en la vida muy pocos contratos.

Era insaciable en la discusión y podía estar en ella cinco o seis horas hasta salirse con la suya.

Después invitaba a comer en su propia casa a los derrotados. Y, sin embargo, la querían.

Una vez, durante una temporada en la que nos tocaba ser amigos, me vio muy preocupado por las críticas que había vertido sobre mí un tal Mario Muchnik, que de tan malo no parecía ser hijo de su padre, el Gran Jacobo.

La Mamá Grande se enfadó y me dijo: “Pero no te preocupes tanto por un tipo que es tan tonto que no parece judío!” Mano de santa: pocas veces me volví a a acordar del tonto que no parece judío.

CONFIDENTE

No recuerdo bien cuándo la conocí, seguro que de la mano de Carlos Barral y Mario Vargas Llosa, en alguna fiesta en su casa, pero fue en los primeros años de la década de 1970, cuando llegué a Barcelona después de haber sido condenado en un Consejo de Guerra franquista a seis años y un día de cárcel.

“¡Así que tú eres un guerrillero!”, me espetó la Mamá Grande en cuanto me vio en su casa.

Después, con los años, llegó en algunos casos a ser mi confidente, mi agente, mi amiga, y también mi adversaria y, al mismo tiempo, mi odiosa amiga intratable.

Me hizo varios homenajes. Uno de ellos fue en el mejor restaurante de mariscos de Barcelona. Al final, hizo venir a los guitarristas que me cantaron Islas Canarias, “a tu salud y en recuerdo de aquella isla preciosa a la que me llevaste en 1979”, me dijo. Y así había sido, porque Carmen Balcells fue, con todos nuestros amigos, incluida su gran amiga Nélida Piñón, al I Congreso de Lengua Española que se celebró en Las Palmas de Gran Canaria.

Como siempre, bebió y comió todo lo que quiso y, al final, se sentía la gran madre de todos los escritores que estábamos allí.

Con los años, ella, que era glotona y golosa, engordó más de la cuenta y tuvo que sentarse ya a tiempo completo en una silla de ruedas que no le impidió seguir con su actividad.

Tenía un chófer que se llamaba Dionisio y que la llevaba a todos lados y una vez en el Hotel Reconquista, en Oviedo, durante la entrega del Príncipe de Asturias a Nélida Piñón, me invitó a cenar.

Le dije que no podía y se enfadó mucho. “¡Dionisio, puertas y rampas!”, le ordenó a su chófer y se fue a cenar con otros amigos.

Yo la recordaré siempre con un fuerte sabor agridulce en mi memoria.

Ella forma parte de la memoria de la Barcelona de los 1970, la más brillante ciudad de Europa bajo una dictadura. Y fue el paisaje más optimista de un tiempo que ya pasó, de una ciudad que ha cambiado para mal, de un mundo y una época que se están desmoronando sin que nosotros queramos darnos cuenta.

Ella, la Mamá Grande, era esa época y esa Barcelona. Ahora ya estamos huérfanos de los dos. Lo deploro y lloro.

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