Primera Entrega. El caso del cura señalado como acosador de menores.

Atalaya tiembla ante el espejo

Al padre Roberto Gonzalez lo acusan de acoso sexual. Él se declara inocente y parte de la comunidad lo respalda.

La trama secreta de un escándalo que partió en dos a un pueblo y dejó a todo el país con los ojos abiertos.

Bienvenido. El cartel de recibimiento a los visitantes y detrás el Instituto Jesús Nazareno. Bienvenido. El cartel de recibimiento a los visitantes y detrás el Instituto Jesús Nazareno.
Bienvenido. El cartel de recibimiento a los visitantes y detrás el Instituto Jesús Nazareno.

- Di la verdad, por favor, di quién te obliga a decir estas mentiras.

- No padre, usted diga la verdad, que nos llevaba a su cuarto por la noche y nos pedía masajes. Esa es la verdad.

- Pero jamás me propasé.

- Usted me acosó padre. Me ha dañado para toda la vida.

En la pequeña sala de audiencias en el Juzgado Segundo de Circuito de Santiago el silencio era brutal. El careo entre el sacerdote Roberto González y sus alumnos en el Instituto Jesús Nazareno de Atalaya, era uno de los momentos decisivos del juicio por acoso sexual que se le sigue al religioso. Pocos estaban presentes en la sala el pasado 22 de junio porque la defensa había pedido que todo se realizara a puertas cerradas. Estaban los abogados, los testigos, el acusado, el juez y ninguna autoridad importante de la iglesia panameña.

Puertas afuera del recinto, la situación era diferente. Alrededor de 100 vecinos de Atalaya esperaban en la calle. Habían llegado en caravana desde el pueblo y parecían dispuestos a todo para defender "el honor" del padre -hasta hay un comité en defensa de la dignidad del padre Roberto-. Vaya si lo saben los periodistas que llegaron desde la ciudad de Panamá para cubrir el caso y terminaron eyectados de Santiago a fuerza de insultos y paraguazos. "A crucificar a Roberto vinieron", acusaban los manifestantes, también protagonistas de una tarde que en Santiago se recordará por largo tiempo. No todos los días un cura es sentado en el banquillo acusado de acosar sexualmente a menores mientras un pueblo entero se levanta para defenderlo y ataca a golpes a la prensa. No todos los días, tres alumnos suyos, con los que convivió día y noche durante años, le dicen en la cara y ante un juez que ellos no mienten y ya no lo van a ocultar: que los llevaba a su cuarto y los tocaba dicen.

Sin embargo, que la justicia se pusiera en movimiento en relación a este caso no fue tarea fácil. Tan es así que esta semana se conoció que el juez que llevó adelante la audiencia fue reemplazado a dos semanas de dar su veredicto y será su sustituto quien emita sentencia. Este será el tercer juez del caso. Además, el fiscal que instruyó el sumario -era de Atalaya- fue destituido por mal desempeño en sus funciones. No son pocos los que atribuyen esta confusión judicial a las presiones eclesiásticas.

El abrazo partido

Atalaya es un pueblo pequeño y rural que parece abrirse al mundo desde su núcleo central, el Nazareno, uno de los cristos más venerados del país. Cada año, luego de los carnavales, uno de cada 10 panameños llega a rezar a sus pies, a pedir y a agradecer. Llenos de devoción llegan. Y colmados de regalos. La última romería logró recaudar cerca de 150 mil dólares en efectivo.

Todo en el pueblo parece nacer desde la iglesia y la palabra de sus hombres aquí es ley. Es por eso que se necesita cierto cuidado cuando se habla en público del caso del padre Roberto. Porque al pulsar el nervio herido que representa el escándalo del instituto, uno también está poniendo en tela de juicio las estructuras morales desde las cuales todo en Atalaya se construyó. El pueblo, las familias, los individuos.

Todos aquí tienen algo que decir en relación al caso. "Se cuentan con los dedos de una mano las personas que están en contra de ese hombre", dice un joven sentado en la plaza.

"Si condenan a Roberto, en Atalaya la mierda va a salpicar para todos lados", dice otro, enfrente, mientras remodela la fachada de una casa. "En ese instituto pasaron muchas cosas. De dinero. Todas las donaciones iban al instituto y, de ahí, nadie nuca supo qué se hacía con eso. Ahora hay un cura nuevo que hace las cosas bien, pero antes se llevaban camionetas cargados con bolsas llenas de plata hacia allá. Roberto se oponía a las cosas que pasaban y por eso le armaron todo esto", culmina eljoven mientras los que están a su lado asienten con la cabeza.

"Por eso fuimos a Santiago y por eso vamos a volver", explica otro señor, riendo, recordando cómo fluía el licor en el viaje de regreso de la audiencia hacia Atalaya.

"Te lo digo enfrente del Nazareno: Roberto es inocente. Él ha ayudado mucho a esta comunidad. Yo fui su profesor en el instituto -porque él estudió aquí también-. Era un alumno brillante, muy dedicado", recuerda el ex profesor Pedro Cevallos. Explica que siendo alumno del Instituto Nazareno, el padre González era de los favoritos de los profesores que veían en él a un joven inteligente y trabajador. Alguien capaz del compromiso total que requiere la vocación religiosa. Por eso, antes incluso de la graduación, lo nombraron hermano de los Cruzados de San Juan, la orden de origen holandés que lleva las riendas del instituto. En esos días, el hermano Dionisio Silleros- hoy condenado por acoso sexual y actos libidinosos contra internos que tenía a su cargo en un colegio de Las Palmas- ya formaba parte del plantel de hermanos que colaboraba en la educación de los internos.

De hecho, muchos en el pueblo reconocen en voz baja que sí, que los rumores sobre "las travesuras" de los curas en el instituto son de larga data. Las escenas se repiten de casa en casa cuando se los consulta sobre el tema: alguien que mira con crudeza, toma aire y dice: "algo de eso hay", mientras la persona que lo escucha se tapa los oídos y dice: "No digas eso".

Atalaya convive con un secreto que corre de boca en boca pero que nadie se atreve a creer del todo, un rumor inmenso del que nunca se habla en público. "De los 25 viudos que hay en Atalaya, 23 se metieron con un cura: al que critica la sotana se le muere la mujer", explica un señor mayor el mito atalayo que hace dudar a muchos de enfrentarse con la iglesia.

Incluso, una anciana asegura en la sala de su casa -desde donde se aprecia la torre de la capilla-, que a principio de los 80 un grupo de vecinos, empujados por su fe cristiana, se armaron de valor y fueron hasta Santiago. Entre susurros le hicieron saber al arzobispo José Dimas Cedeño, entonces obispo de Veraguas, sobre las cosas que los jóvenes decían en la intimidad del instituto, pero no se animaban a denunciar. La Prensa intentó contactar a Cedeño, aunque un colaborador dijo en su nombre que prefería no opinar.

Oídos sordos

La vergüenza y el miedo pueden paralizar a cualquiera. Fíjese usted: la madre de uno de los jóvenes que acusan al padre González, según consta en la causa, hubiese preferido que esto no saliese del instituto. Que todo quedara entre sus muros. Si fuera por ella, no debería haber juicio. Siente que pase lo que pase, su hijo será perjudicado y cargará su estigma por las calles de Santiago.

Por motivos como este, es decir, porque son muchos los que en este país antes que nada son católicos, cuando se presenta un caso de este tipo la gente recurre a la iglesia antes que a la justicia.

"La posición oficial de la iglesia en Panamá no puede ser otra que la señalada por el papa Juan Pablo II en los casos de esta índole en que se acredita la culpabilidad: ¡cero tolerancia!", explica el obispo de Veraguas, Oscar Brown.

"¿Quién se quiere meter con la iglesia aquí en Panamá?", se pregunta Ángel Gómez, el segundo fiscal de la causa, que se hizo cargo del caso cuando el primero -que llevó adelante las investigaciones y era de Atalaya- fue destituido por mal desempeño.

"La gente tiene miedo de que nadie les crea y que no se haga justicia. Por eso es difícil que este tipo de casos lleguen al Ministerio Público", define el fiscal. " Y como creemos que los elementos que están en la causa respaldan la acusación, pedimos la pena máxima que por acoso es de tres años", termina.

En esta historia y en este lugar, son pocos los que se acuerdan de los tres jóvenes que dicen haber sido acosados. Los mismos que en sus declaraciones judiciales señalaban de qué manera el padre Roberto llegaba por las noches a buscarlos al dormitorio, pidiendo masajes y algo más. Esos muchachos tenían entre 15 y 17 años cuando pasó lo que pasó. Vivían internados, saliendo sólo en verano. Se pasaban la vida en el Instituto Jesús Nazareno, estudiando por la mañana, trabajando por la tarde y, en las noches, durmiendo un piso abajo de donde lo hacía Roberto González, el cura.

LAS CLAVES DEL CONFLICTO

. EL CASO: Tres jóvenes acusan a Roberto González de hacerlos subir a su cuarto para que le den masajes y terminaba propasándose sexualmente.

.LA CAUSA: Aunque en dos semanas el juez debía dar su veredicto, fue trasladado de su cargo y será otro juez el que decida. Este será el tercer juez que entienda en la causa.

. EL CONTEXTO: En Atalaya apoyan al acusado y dicen que todo es una confabulación con motivaciones económicas.

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