Las huellas de Coroneto

En 1920 las fincas cercanas a la playa de Monagre, en Los Santos, estaban llenas de árboles de guayaba, abundancia ésta que no pasaba desapercibida para el travieso Daniel Fuentes Castillo, de siete años. Careto por las huellas del último mango "morao" que había degustado, decidió subirse a un guayabo para matar dos pájaros de un solo tiro: cosechar las frutas, que a veces estaban premiadas con diminutos gusanillos, y ver un nido de paloma "tierrerita". La ventolina de la playa y la fragilidad de las ramas mandaron a Daniel al suelo, donde lo esperó una laja que le hizo un chichón en la cabeza. Como a mil kilómetros a la redonda no había un hospital, fue auxiliado por el Dr. J. Moreno Villalaz, quien disfrutaba del aire yodado de Monagre. Pero a Daniel le quedó una corona –sin cabello– de por vida, como la tonsura de los frailes de los conventos medievales. De allí nació la leyenda de "Coro" (de corona). Y al final "Coroneto", el de la calle abajo.

Coroneto, nacido en 1913, acudió al llamado del Señor el pasado 5 de mayo, a los 92 años. Estaba casado con la maestra María Tejera de Fuentes y tuvo tres hijos: Daniel, Segundo y Edilma. Llegó hasta sexto grado, pero tenía una letra de antología. Como funcionario del Instituto de Fomento Agrícola contribuyó mucho al progreso del sector agropecuario de la región. Fue pionero de los sistemas de regadío. Puso orden y creó una red de guardianes –al estilo de los federales– para detener la ola de robos en las salinas.

Zina Fuentes, una de sus nietas, nunca olvida cuando los llevaba a volar cometas y panderos en los llanos, cerca de un árbol de corotú. Olga de León y Zina lo recuerdan como un hombre sencillo, de carácter fuerte, disciplinado y, como todo autodidacta, buen conversador. Coro dejó los recuerdos de los dulces de maní, las chichas de marañón, las ciruelas, chirimoyas, los piononos y suspiros. La muchachada se sentaba a su alrededor para escuchar los cuentos de Tío Conejo, el Príncipe Valiente, Juan sin Tierra. " la Cilampa y las historias de Rufina Alfaro.

Daniel Fuentes Castillo era fuerte como un horcón de macano negro. En 1995 (tenía 82 años) se le veía por la calle abajo Segundo Villarreal de Los Santos montado en bicicleta. Y hacía hasta piruetas con el timón. "El abuelo nos enseñó a tener confianza, a creer y a soñar, a alcanzar los sueños con el trabajo. Y mucho respeto", reiteró Zina Fuentes.

El eco de la última saloma de Coroneto se quedó en las laderas del cerro Canajagua, donde perduran los recuerdos de los titanes santeños.

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