Acallando las voces disidentes

Acallando las voces disidentes
Acallando las voces disidentes

El golpe militar del 11 de octubre de 1968 obligó a Arnulfo Arias y a sus más estrechos colaboradores a refugiarse en la Zona del Canal, desde donde intentó, sin éxito, retomar el poder. Entretanto, a lo interno del país, la represión sistemática desatada por los militares condujo al encarcelamiento de los seguidores del expresidente, así como a la clausura de los medios de comunicación opositores.

El periódico El Mundo, que se plegó al militarismo, denunció que los arnulfistas, refugiados en aquel territorio, preparaban “planes terroristas” encabezados por el exteniente Abraham Crócamo.

A mediados de octubre, la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU) hizo un llamamiento general de oposición al régimen militar. En diciembre, los militares clausuraron la Universidad Nacional y al mes siguiente, el Instituto Nacional.

Dirigentes de izquierda, perseguidos por el régimen, y de algunos partidos de oposición constituyeron el denominado Frente Popular que, a decir de El Mundo, tenía el propósito de “acentuar la pugna por el poder entre los grupos plutócratas y los militares”, así como “obligar a una intervención directa de las fuerzas de Estados Unidos en la política interna de Panamá”.

Las reacciones a lo interno no se hicieron esperar. Mientras un grupo de civiles se convirtió en colaborador del régimen militar, muchos otros se opusieron tenazmente. En Chiriquí y Coclé se organizaron guerrillas que fueron exterminadas. Pese a que se hizo un llamado a huelga general, la Capac y el transporte se negaron a participar. A través de la prensa colaboracionista, los militares culparon a los comunistas de los levantamientos y protestas, mientras elementos de izquierda, como Floyd Britton, eran encarcelados, para morir poco después en Coiba por los abusos físicos.

Con el tiempo, la recia dictadura logró acallar las protestas, ya a través de la Digedecom, que terminó quebrantando voluntades o, por medio de métodos violentos como la desaparición del padre Héctor Gallego en Veraguas.

El 11 de marzo de 1969, vencida la oposición interna dentro del cuerpo militar, particularmente cuando se deshizo de Boris Martínez, quien fue enviado al exilio, Omar Torrijos fue ascendido al rango de general y, a partir de entonces, fue afianzándose en el poder, luego de superar un intento de golpe militar el 15 de diciembre de ese año. Poco después, se convirtió en el dueño absoluto del país.

Con un estilo desenvuelto e informal, poco apegado a reglas, normas o leyes, gobernó el país como si se tratara de su propia hacienda, imprimiéndole un carácter populista y personalista bajo el signo de la improvisación. Gracias a la danza de millones que los organismos internacionales ingresaron en el país, por el establecimiento del centro financiero internacional, Torrijos logró consolidar la dictadura militar, al tiempo que convertía al Estado panameño en inversionista y empresario. Nacionalizaciones, proyectos de desarrollo integrado, azucareras, puertos, carreteras, corporaciones financieras, aeropuertos, centros de convenciones, puentes, planes de vivienda, todo terminó salpicado por denuncias de fraude y corrupción.

En 1972 se promulgó el nuevo Código de Trabajo y la nueva Constitución Nacional que convirtió a Torrijos en el “líder máximo de la revolución panameña”, y le otorgó poderes casi ilimitados por seis años. Precisamente, la nueva Constitución abandonó la división de poderes, adoptó una Asamblea Nacional de Representantes (505), estableció el Consejo Nacional de Legislación y el Poder Ejecutivo a cargo de un presidente que gobernaría por un período de seis años. El Órgano Judicial pasó a depender del Ejecutivo, y se autorizó a Omar Torrijos para designar a los magistrados de la Corte Suprema. En virtud del artículo 277, Torrijos debía, entre otras muchas funciones, coordinar toda la labor de la administración pública, nombrar y separar de sus cargos a los Ministros de Estado y otros altos funcionarios, además de dirigir las relaciones exteriores. En tanto, la recia dictadura militar intentó atenuarse con el populismo paternalista del régimen, mediante el uso de consignas tales como: “dictadura con cariño”; “revolución diferente”; “lo que quiero para mis hijos, lo quiero para mi pueblo”.

FUENTES

Editor: Ricardo López Arias

Textos: Patricia Pizzurno y Celestino Araúz. Profesores de historia. Universidad de Panamá.

Fotografías: Archivo de ´La Prensa´

Comentarios: vivir+@prensa.com

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