Todos andamos buscando la felicidad, y hay quienes la encuentran escarbando en los basureros algo que pueda llamarse alimento. La buscamos también en la forma de locomoción, en un 4x4 en vías tan precarias para recordarle a Freud su millón de razones sobre nuestros comportamientos. Porque la efectiva publicidad, que puede ser negativa, es tan irresistible que uno nunca más podrá olvidar a dos artistas encaramados en un autobús de la marca Volvo, convertido en Metro Bus, avisándonos dónde puede estar la felicidad.
No voy a discutir la necesidad torturante de ser feliz, como se reclama en el jingle metrobusiano; sin embargo, se me enredan los cables cuando reflexiono sobre el vía crucis y tortura al que están sometidos millares de compatriotas capitalinos para encontrar ese be happy. ¿Es tan enredado encontrar ese símbolo de la felicidad? ¿O un diablo rojo brindó una felicidad a medias, aunque más tempranera? ¿O uno encuentra la felicidad mientras duerme en la parada para estar de primero en la fila?
El calvario es hijo de la falta de planificación y de un método de ciencia al revés, que goza de reputación en los despachos oficiales. Primero, por ejemplo, se coloca la piedra, y después se realiza la consulta. A propósito: ¿se ha investigado la relación espacio callejero y parque vehicular? ¿Qué porcentaje de vehículos –usados y no- se unen cada día y semana a aquellos que ya están rodando en un espacio nada infinito? ¿Esos be happy ocupan más espacios que el ocupado por los difuntos diablicos? Ellos emergieron de la sinvergüencería: fueron construidos con las medidas corporales de estudiantes colegiales de Estados Unidos y, una vez retirados de allá, transportaron las humanidades de chicos y grandes.
Método científico al revés. Se expulsa de la calle a los diablicos de las diabluras sin que haya suficiente reemplazo ni estrategia para asumir por completo la tarea. La medicina peor que la enfermedad. Estos son los sabios de la humanidad. Deben ofrecerles el premio Nobel y llevarlos en andas por todo el planeta para que zurzan los botones raídos del transporte público, y hasta podrían mandarlos a Marte con pasaje de ida.
Los pasajeros aumentan su sufrimiento. Están pagando un karma. Sobre todo discapacitados y embarazadas. Y los adultos mayores, por serlo. El sueño solo se concilia unas pocas horas, y el tiempo para el descanso y la recreación se esfuma, como si se tratase de un hechizo. Desfallecen y el estrés ni existe, ya que es una condición de lujo. Ni la Convención contra la Tortura los ampara.
Desde la vertiente oficial, todo esfuerzo busca el bienestar de la población, aunque resulta que termina siendo un detalle, en la maraña de intereses y dinero en juego. Alegra que el transporte público cuente dentro de pocos meses de un tren, en parte subterráneo y también aéreo. Se han creado tantas expectativas sobre ese proyecto, al punto que compatriotas fuera del perímetro de la línea 1 calculan que podrán desplazarse sobre rieles. ¿Cuántos pasajeros se beneficiarán? ¿Será el 5% de quienes usan transporte público en el área metropolitana? ¿Cuánto espacio se ahorrará con el funcionamiento de ese medio? ¿Cómo influirá en el transporte de otras áreas de la ciudad?
Los usuarios se llenan de paciencia y entienden que si se protesta o se cierra una calle se evapora el karma.
