Hace unos días volví a ver un viejo, pero genial episodio de la serie animada Futurama. Les cuento: en el año 2000, Nueva York estaba sepultada por la basura que todos tiraban sin reparo en la calle, y la sabia solución fue reunir la montaña de porquería y lanzarla en un cohete al espacio.
A nadie le importó la posibilidad de que el apestoso cargamento de desechos volviera e impactara contra la Tierra. Y resulta que mil años después, la gigantesca bola de desperdicios venía con dirección a la ciudad cual asteroide apocalíptico. ¡Uy, qué miedo!
Tras varios intentos fallidos por detener el cometa de cochinadas, la salvación fue, una vez más, recolectar toda la basura que reinaba en las avenidas, dispararla en un cohete y así desviar a la otra. Funcionó y todos felices. A nadie le importó que ese segundo proyectil de inmundicia estaría de vuelta en el futuro para amenazar la seguridad. Así somos. Vivimos el hoy y ya.
En otros capítulos se hacía ver que las guerras y ocupaciones de territorios ajenos son el mejor ejemplo de hasta dónde puede llegar la falta de escrúpulos (y de estupidez) de quienes ostentan el poder, y otro en el que la moraleja era lo dañina que es la comida chatarra, pero conscientes de ello la seguimos consumiendo sin atisbo ni pena.
Futurama no tendrá aún ese halo nostálgico que despierta el clásico Los Supersónicos, ni será tan ácida como South Park, pero sabe ser un espejo de la realidad proyectada al año 3000. Por algo es otro retoño de Matt Groening, el papá de Los Simpsons.
¿Si venimos haciendo las mismas metidas de pata (antes arbitraria y anárquicamente y ahora disfrazadas de democracia), por qué tendría que ser distinto en el futuro? Futurama es una sátira de lo que podría ser el mañana, con una humanidad que ha dado pasos tecnológicos gigantes, pero que sigue siendo igual de desconsiderada como hoy. Solo hay que mirar cómo maltratamos nuestro planeta, las guerras en Oriente y los monopolios que juegan a su antojo con la economía global.
Futurama maneja un argumento mucho más agudo que Los Supersónicos. Claro, Los Supersónicos son de las pioneras en el renglón de cómicas familiares, fueron la base que sentaron los gurús de la animación William Hanna y Joseph Barbera (sí, el dúo Hanna-Barbera); mientras que los gags de Futurama pertenecen a la actual revolución de cómicas para adultos, encabezada por Los Simpsons.
Tanto Los Supersónicos como Futurama tuvieron rivales que opacaron su genialidad. Súper y Ultra coincidieron con Los Picapiedra, mientras que Fry y Vender se toparon con Homero y su familia amarilla.
(El autor es periodista)
