El nacimiento de un hijo, independientemente de la edad en que se engendre, es una bendición. Sin embargo, tenerlos a una edad temprana tiene sus ventajas.
Quienes se convierten en padres entre los 18 y 25 años pueden invertir más tiempo y vigor en el cuidado de sus vástagos, ya que es una etapa de la vida plagada de energía corporal, lo que compensa el desgaste que representa atender a uno o más niños.
Precisamente, por gozar de más bríos, los padres jóvenes suelen ser muy dinámicos y tienden a realizar diversas actividades recreativas, en muchas de las cuales hacen partícipes a sus pequeños.
Y si bien es cierto que durante la adolescencia se adquieren múltiples compromisos que de igual forma requieren de dedicación y esfuerzo, como un empleo, una carrera universitaria, formar parte de una liga deportiva, o de un grupo musical, etc., también es cierto que cuando se es muy joven, se puede hacer frente a todo aquello y recargar baterías mucho más rápido de lo que lo hacen las personas de mayor edad.
También es bien sabido que las madres jóvenes sufren menos complicaciones durante el embarazo y a la hora del parto.
Esto sin dejar de lado que según estudios clínicos, las mujeres que se embarazan después de los 25 años tienen un riesgo mayor de dar a luz un bebé con síndrome de Down, que las que lo hacen antes de esa edad.
Y aunque mucho se cuestiona la madurez entre los jóvenes a la hora de asumir la paternidad, hay que tener presente que más que un tema de edad, la madurez es un asunto de actitud, por lo que no es extraño ver padres jóvenes y responsables, así como padres mayores e insensatos y viceversa.
Además, cuando los hijos de personas jóvenes llegan a la adolescencia, la comunicación entre padre e hijo puede ser más fluida debido a que muchas veces tienen gustos afines y suelen ser más divertidos.
Por último, los padres jóvenes tienen más probabilidades de ver crecer a sus nietos y el doble de probabilidades de conocer a sus bisnietos.
La autora es periodista
