CONTRAPUNTEO: ¡Mi casa!

Con mis rodillas lastimadas por los años, en mi casa no tengo que subir escaleras... ni tampoco sufrir si el ascensor se dañó justo el día en que hice el súper, y cargado con ocho pesadas bolsas plásticas no me imagino cómo subiré con la lengua y el corazón afuera hasta el último piso donde vivo, con el helado de nance derretido.

Y como mi casa no está a la orilla de ningún río o zanja importante, mi casa no se inundará como sí les ocurre a muchos panameños que viven en las riberas del Matasnillo y otros ríos.

En el jardín de mi casa mi perro y mi jardín juegan como dos hermanos, sin que nadie los mire como una plaga de los últimos tiempos. Parecen más felices que muchos humanos, y hace sus necesidades puntuales al pie del guayacán que sembramos para el futuro.

Mi casa no es muy grande, pero es cómoda, pues tiene lo necesario. No puedo precisar los metros cuadrados, pero mi esposa, mi hija y yo no nos estrellamos en el pasillo ni necesitamos semáforos inteligentes. Mi casa no es perfecta. Todavía le faltan los muros contra los ladrones y otras cositas más. Lo malo es las tuberías oxidadas y otras chambonadas arquitectónicas. No me quejo. Podría ser peor. ¿Cuántos panameños tienen casa, de verdad?

Además, si de pronto, tal como va el mundo, nos sorprende un seísmo, mi familia y yo salimos como una bala de nuestro chalecito al jardín y nos tiramos sobre la hierba hasta que pase la danza telúrica, eso me digo, no sin dejar de preocuparnos por nuestros prójimos que viven en esos edificios altos, que uno no sabe con qué chanchullos están hechos, y que como naipes pueden volverse escombros de papel a la orilla del bello y oscuro mar del intranquilo Pacífico bajo las ventanas del más fino cristal, como en Tokio.

Y cuando digo mi casa, no sé por qué me da un dolor y una nostalgia galáctica que es como de otro mundo, y pienso entonces en el pobre ET señalando con su dedito alienígena a su casa, en el cielo oscuro, lejos, muy lejos, entre millones de estrellas que son como otras casas.

Mi casa es el nido más hermoso en donde se pueda vivir, y no por sus comodidades ni por la altura ni por su ubicación céntrica cerca de todos los malls del mundo. Mi casa es el mejor sitio del mundo, tan solo, por la gente que habita en ella.

El autor es escritor y docente.

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