El conflicto es el tábano del pensamiento. Así lo afirmaba John Dewey, famoso pensador y pedagogo estadounidense, fundador del pragmatismo. Y puede uno zafarse de él y salir vencedor, o dejarse llevar y sucumbir ante él.
El conflicto social es una lucha por intereses, valores, principios, estatus y poder. Desde el poder, sobre todo el político y económico, con frecuencia, se busca aniquilar, dañar, neutralizar o eliminar al rival.
Se consideró, a través de los siglos, una patología social, y sirvió para generar hasta guerras y exterminios, y fue justificación moral para emprender acciones tan deleznables, como las guerras santas, la Inquisición, las cruzadas, las guerras justas y hasta el derecho a la rebelión.
Después de los estudios por la paz y las descripciones de la teoría del conflicto, se establece que puede constituirse en un mecanismo de innovación, cambio social y progreso. En el mundo empresarial, el conflicto ha llevado a mejorar procesos y optimizar los estándares de trabajo.
La violencia y la guerra son las expresiones más lamentables derivadas del conflicto. Pensemos en la locura hitleriana.
Existe una confluencia entre la teoría del conflicto y la teoría del juego, que se fundamenta en el motor lúdico del ser humano, y que cuya representación ha contado para su desarrollo con esa ciencia fundamental: la matemática.
De esa confluencia, hay una rica distinción entre juegos: suma cero (conflicto puro), que puede llevar a la tragedia, como nos sucedió en 1989, cuando sobrevino la invasión estadounidense, con sus secuelas a sangre viva aún; la suma positiva (de alta cooperación); y el juego mixto (de cooperación y conflicto). Del juego mixto, es más susceptible que se abran espacios de negociación.
Muchas personas no perciben grises en las situaciones: creen que se trata de suma cero o de suma positiva. En la variedad de suma cero, existe la probabilidad de que se concluya en desencanto y tragedia.
En la peor de las hipótesis, la de suma positiva, en una alta probabilidad, puede culminar en explotación.
Surge el conflicto por intereses encontrados. Y puede modificarse por cambios de tendencias o actitudes que surjan en la evolución.
En los procesos de mediación, negociación o arbitraje, un factor fundamental es que las partes en conflicto modifiquen la percepción propio y la del otro, a través de una sensibilización impulsada por los mediadores.
La integración social se consigue a través del consenso o de la imposición. Lo ideal es una alternativa consensuada. Si es factor de progreso, está basado en la formación de grupos y de acción social. Con la integración, ya sea a través de pactos o acuerdos con el resto de actores y sectores sociales, de nuevas relaciones y estructuras, que propician los grupos de presión o interés.
La guerra es la manifestación peor del conflicto. Pueden surgir por sentimientos religiosos, emociones o aferramiento al poder político.
Quienes afirman que la guerra es una extensión del ejercicio político asumen que el ser humano es violento por naturaleza, condición que demanda tal tendencia. Y justifican multimillonarios negocios de armamento y demás componentes bélicos.
El conflicto es un fenómeno que está presente en la vida doméstica, nacional e internacional, y debemos estar preparados para afrontarlo, y sacarle el mejor provecho, con factor dinámico de progreso y paz.
