Espacios para volverse a conectar

Espacios para volverse a conectar
Espacios para volverse a conectar

En estos tiempos puede ser que al hablar de conexión lo primero que se pase por la mente es el símbolo de la antena del wi-fi en el teléfono inteligente. Sin embargo, hay un vínculo entre hombre y naturaleza escrito en nuestro ADN, que por más que se viva rodeado de asfalto, edificios y tecnología, no se puede borrar. Y eso sí es estar conectado.

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LA PRENSA/Iván Uribe.

“El sistema nervioso aún no está adaptado a vivir en ciudades”, afirma en un artículo para EFE el catedrático de psicología ambiental de la Universidad Autónoma de Madrid José Antonio Corraliza. A esta conclusión llega al notar las repercusiones que tiene para la salud, sobre todo de los niños, la falta de contacto con la naturaleza.

Asma, obesidad, deficiencia de vitamina D y el trastorno por hiperactividad o déficit de atención, son resultado de esa falta de contacto con el entorno natural, según el catedrático. Estos se resumen como trastorno por déficit de naturaleza.

Y es que la inmersión en la naturaleza es fundamental para el desarrollo de los niños. “Ellos necesitan los parques para correr y desarrollar sus destrezas psicomotoras”, afirma Dimas Villarreal, psicólogo clínico de niños y adolescentes, quien ha notado que a los chicos de la ciudad les hace falta más desarrollo de la psicomotricidad. Por eso recomienda llevarlos en las tardes al parque, en donde pueden desarrollar la parte motriz, además de las habilidades sociales.

Pero no solo para los niños es importante el contacto con el entorno natural, la salud de los adultos también se beneficia de lo verde.

“De salida hay un impacto en el ser humano al hacer contacto con la naturaleza”, explica Villarreal.

La conexión con las plantas y el entorno natural relaja a las personas, incluso entra en juego la psicología del color, el verde oscuro de los árboles y el azul del cielo pueden influir en el estado de ánimo, según el psicólogo clínico Villarreal. Esto sin contar los hallazgos de estudios sobre la psicología ambiental, que estudia el comportamiento del hombre en relación con su entorno.

El documento Salud y áreas protegidas en España (2013) cita efectos positivos directos en el ser humano, como la disminución de la frecuencia cardiaca y la presión arterial, disminución del riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, producción de vitamina D y la recuperación de la salud cuando ha habido enfermedades, así como el aumento de la respuesta inmune. Igualmente hay otros efectos indirectos, como la facilitación de la participación social y la catalización para cambiar ciertos estilos de vida.

Eso en cuanto a salud física. También existe un impacto en el aspecto espiritual, y eso lo reconocen quienes practican actividades de meditación.

“Hay una vibración positiva en la Tierra, que tienen las plantas y los árboles”, comenta Santiago Pinilla, director de la Asociación Escuela Autorrealización, un grupo que enseña yoga y cristianismo. “Al meditar en estos lugares la persona suelta energía, se relaja, vibra con la naturaleza y descarga sus tensiones”, afirma

“Preferimos los espacios verdes ya que nos hacen tomar conciencia de la naturaleza, nos revitaliza y nos permite lograr unidad con todo lo que nos rodea”, agrega por otro lado Vanesa Aguilera de Chen, presidenta de la fundación El Arte de Vivir. “La naturaleza forma parte de nosotros e incide en nuestros pensamientos, sensaciones y emociones”, asegura Chen, conectada sin necesidad de wi-fi.

SIN SALIR DE LA CIUDAD

Cada tarde, cuando empieza a caer el sol, un sitio en la ciudad imanta a corredores, caminantes, meditadores o gente que solo busca limpiarse los pulmones. Por las calles cercanas al parque Omar, en vía Porras, desfilan personas de todas las edades, solas, en pareja, con su perro o en grupos.

Andrea Calvo es una de esas personas. Practica acroyoga (disciplina que combina yoga con acrobacia) en la casa club del parque. “Es una de las áreas más verdes de la ciudad”, comenta Calvo, “hacemos ejercicios de respiración sintiendo la brisa y a la luz de la luna”.

A Pinilla, una de las cosas que le atraen del lugar es su cercanía. “Está en la ciudad, pero tiene relativa paz y silencio”, comenta. “Ojalá tuviéramos más espacios como el parque Omar”, dice. Sin embargo, admite que también hay otros lugares no tan céntricos donde la gente va a meditar, como las áreas verdes de Clayton, el parque de la Amistad Chino-Panameña o Cerro Azul (que está fuera de la ciudad).

En cuanto a sitios alternativos, el parque Urracá y los alrededores de la Ciudad del Saber, en Clayton, son los favoritos de Jorge Tuñón, de 31 años. “Puedes ir a leer, tranquilo, y después ir a correr”, dice, y menciona también otros sitios como la calzada de Amador y la cinta costera, en donde hay ciclovías. Si el espíritu de aventura es un poco mayor, recomienda un sendero cercano al lago Gatún para caminar o andar en bicicleta montañera.

“La diferencia de entrenar en un lugar cerrado y hacerlo al aire libre es astronómica. Es más relajante, entras en comunicación con la naturaleza, te sientes libre. Lo prefiero mil veces, siempre que no llueva”, expresa el aficionado al ejercicio quien se lamenta de que no haya muchas opciones. Los datos hablan de que lugares así son más raros que un oasis en el desierto. Hay 203 plazas o parques repartidos por toda la ciudad, según cifras del Municipio de Panamá, pero muchas veces estos espacios son pequeños o limitados.

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