Hermanos Grimm: cuentos para no dormir

Parece apto que el apellido de los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm signifique fiero y que se remonte a las lenguas altogermánicas (Hochdeutsche Sprachen), predecesoras del holandés y alemán moderno, y por medio de las lenguas sajonas, al inglés de las hoy islas británicas. Las altogermánicas asumieron a su vez una buena porción de vocablos del latín y griego.

Grimm proviene, entonces, del griego khremetizein. Y esta semana se cumplió el bicentenario de la publicación de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, cuya versión original poco le debía a las bondadosas señoras rechonchitas y aladas.

Los hermanos estudiaron en la Universidad de Marburgo, donde, bajo la tutela del profesor Friedrich von Savigny, desarrollaron su vitalicia fascinación por la filología y estudio del folclor germánico, siendo su magna obra la antología de cuentos que, hasta su momento, habían dependido de la tradición oral.

Estas historias centenarias no eran, definitivamente, los cuentos saneados primero por los hermanos mismos, bajo presión social y eclesiástica, y posteriormente por todo tipo de fuentes, siendo la más notable esterilización moderna la de los estudios cinematográficos de Disney.

Antes de seguir, vale la pena notar que varios de los más famosos: Cenicienta, Caperucita, Bella Durmiente, Barbazul y el Gato con botas, fueron tomados de Histoires et comtes du temps passé de Charles Perrault.

CENSURA

Entre las partes censuradas de los inmortales cuentos –los originales, valga–, hay aspectos más crudos, considerados no aptos para niños por los revisionistas. Por ejemplo, Rapunzel tenía 12 años, y se dieron cuenta de que cierto galán con corona había estado jugando al doctor con la pelilarga, quien se queja de que su vestido nuevo le aprieta en la cintura, y es que el príncipe le había dejado el metafórico tigre en el tanque.

Asimismo, Hansel y Gretel no se perdieron en el bosque: sus padres, desesperados por carecer de los medios para alimentarlos, los abandonaron en plena foresta. ¿Y la Cenicienta? No tenía un hada madrina: ahogaba sus penas contándoselas a un avellano que crecía sobre la tumba de su madre. ¿Sus hermanastras? Hasta el director Alfred Hitchcock se hubiese sentido orgulloso de su factura kármica: para que les cupiera el zapatito de cristal, se machetearon los pies, y su castigo fue que una bandada de cuervos les sacaran los ojos.

En cuanto a la Bella Durmiente, quien la detestaba no era su madrastra, sino su propia madre, y no la despertó el beso de un príncipe, sino que, cuando los enanitos cargaban su ataúd, se les cayó, y el pedazo de manzana que tenía atascado en la garganta se desalojó, lo que le permitió respirar nuevamente.

Así que, 200 años más tarde, tal vez todas sigamos soñando con el beso de un príncipe, pero la realidad es que los cuentos siguen vigentes no por su aspecto fantástico, sino por la crueldad que viven demasiados de entre los siete mil millones que habitamos el planeta: el abandono, el hambre, la violencia familiar y el desamor.

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