Humor reiterativo

La debilidad de ´El Dictador´ no es que reparta bromas escatológicas por doquier, sino que las presente una y otra vez.

Borat sigue siendo el mejor trabajo fílmico del comediante británico Sacha Cohen, que ahora llega a las pantallas nacionales con El Dictador (2012).

Su nuevo arsenal de chistes groseros, pero muchos de ellos graciosos, tratan de estudiar desde el humor negro el poder sin control, tanto en los países democráticos como en los autoritarios.

Es inteligente y osado cómo su almirante general Haffaz Aladeen, jefe de Estado de Wadiya y único protagonista de El Dictador, le permite burlarse sin piedad de dictadores de la vida real como Saddam Hussein, Moamar Gadafi, Kim Jong-Il, Saparmuarat Niyázov, Ferdinand Marcos e incluye a Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos durante la administración de George Bush.

La debilidad de El Dictador radica en que está llena de ideas y discursos (más allá de si son vulgares o no) sin orden ni son, y porque carece de un guion que le permita existir con coherencia a estos planteamientos.

Por eso, El Dictador es una contante y repetitiva enumeración de chanzas contra lo que usted pueda imaginarse: la política, el sexo, el machismo, el feminismo, la economía, la sociedad y el ser humano en general y las mujeres en particular, entre otras tantas.

Lo que hacía meritorio a Borat (2006), y un poquito a su otro trabajo Brüno (2009), era su condición de falso documental. O sea, una película que en apariencia tiene una base real, pero que en el fondo tiene mucho de ficción.

Borat sobresalía porque de alguna manera sí era un documental a fin de cuentas, pues cuando Sacha se hacía pasar por un reportero de Kazajistán que iba a Estados Unidos para resaltar lo positivo de la unión americana, más de una persona consultada no era actor y de verdad le seguía la corriente a Baron Cohen sin saber que él les estaba tomando el pelo y los estaba dejando en evidencia con sus virtudes y defectos al aire (más los segundos que los primeros).

Esa propuesta fresca, irreverente e irresponsable de Borat era el necesario ingrediente para que su filosa sátira sobre los defectos de un país del Primer Mundo fueran evidentes por sí solos sin caer en metralletas de ideas sin orden como pasa en El Dictador.

En El Dictador, al estar coordinado por únicamente un guion, que encima es débil, no hay espacio a la espontaneidad ni al ingenio.

Menos cuando el texto brinda personajes secundarios sin mayor dimensión dramática, que solo sirven como meros satélites para el lucimiento de su dictador y eso que los responsables de esos papeles (Ben Kingsley, John C. Reilly y Anna Faris) hacen el esfuerzo para no ser tan caricaturescas sus interpretaciones diseñadas desde el estereotipo por Sacha.

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