Hacia el inicio del siglo pasado, la propiedad urbana está ligada estrechamente con el grupo dominante de la capital. Este vínculo se manifiesta, antes que todo, en la representación geométrica y arquitectural de una sociedad dualista profundamente desequilibrada.
La propiedad urbana es una fuente y también un símbolo notorio del poder detentado en la sociedad global por los burgueses de la ciudad Panamá. Urbe que ha cambiado notablemente desde la época colonial cuando un tercio del intramuros pertenecía a conventos e iglesias y solo estas quedan en estado ruinoso, desde mediados del siglo XIX.
Las dos partes de la ciudad, en su nuevo sitio de Ancón desde 1673, no tienen la misma significación económica y aún menos social. El intramuros, la parte alta y amurallada domina, desde una lengua de tierra que avanza sobre el mar, el arrabal abierto más bajo, situado en una depresión donde se inicia la sabana costera.
El intramuros permanecerá durante largo tiempo, el más dilatado de la historia de la capital y a pesar de su inferioridad demográfica, como la parte más importante desde el punto de vista económico y social.
La apropiación del suelo urbano y de los inmuebles permanece como la primera marca del dominio; ella será por lo menos signo de prosperidad o de miseria económica. Como sitio de relevo portuario se asocia al alojamiento en el más amplio sentido de la palabra: tanto la estadía física y los establecimientos que permiten satisfacer las necesidades primarias del viajero, los hoteles, los restaurantes, las lavanderías, como también la prestación de los servicios que se asocian o que se vinculan a los servicios financieros, bancarios y otros.
Se trata de una ciudad en donde el sector económico terciario (servicios), se desarrolla tan ampliamente que se convierte en la razón misma de su existencia, como la prestación del servicio internacional del paso de hombres y de mercancías entre los dos océanos que es la razón de la existencia del país, de la organización de su espacio geográfico y de las modalidades singulares del uso del suelo en esta región central.
En realidad, es el comercio lo que domina la ciudad y la venta de toda suerte de servicios: desde el pequeño portador de agua de la fuente de El Chorrillo, el indispensable «aguador», hasta el administrador del Gran Hotel de la plaza de la Catedral, pasando por los funcionarios civiles y militares del Gobierno, todo el mundo se dedica a actividades semejantes. Todavía no estamos en presencia del universo de las sociedades fantasmas, de las sedes de compañías que no existen, en el peor de los casos, más que en un pedazo de papel. La mayor parte de los comercios exige un local, una sede física y alguien que esté, en sentido real o figurado, detrás del mostrador.
Una pequeña burguesía agrupa a la mitad aproximadamente de los propietarios privados, sobre todo comerciantes y tenderos, casi siempre chinos, que vivían en Salsipuedes o sus alrededores, cerca del mercado, y algunos miembros de profesiones liberales, boticarios, médicos y abogados. La riqueza y la opulencia en la propiedad urbana no concierne, en suma, más que al último cuarto de los propietarios privados cuyo número no excede, en esta fecha, 232 individuos o sociedades que poseen el 75% del valor de los solares e inmuebles de la ciudad. Ellos y sus familias no representan más que, según nuestros cálculos, 5.5% de la población total de la capital de aproximadamente 25 mil habitantes por 1,900.
Menos de 1% de la población de la ciudad posee más de la tercera parte del valor urbano. Se trata de siete sociedades anónimas, seis personas naturales en plural (herederos, hermanos) y 16 personajes de la capital del istmo. Estas grandes fortunas urbanas permanecen, por otra parte, bastante homogéneas.
Estamos, pues, frente a dos barrios que presentan un grado de heterogeneidad económica distinto. El de Santa Ana o antiguo arrabal más valorizado con funciones eminentemente comerciales alrededor de la plaza de su nombre y junto a las rampas del mercado, cuyas propiedades son decenas de veces más valiosas que aquellas de las áreas periféricas, de la explanada y del barrio de Calidonia, lugar de residencia de un numeroso proletariado urbano más bien reciente, de inmigrantes del Caribe o del Oriente, de China precisamente, que se unen a los colombianos y panameños, la clase subordinada de jornaleros.
Mientras tanto, las propiedades privadas del intramuros de San Felipe no manifiestan tanta disparidad espacial, lo que en el fondo trasluce una mayor uniformidad de las funciones del espacio urbano que ha heredado desde el siglo XVIII.
FUENTES
Editor: Ricardo López Arias
Autor: Omar Jaén Suárez. Historiador, geógrafo y diplomático.
Fotografías: Colección RLA/AVSU
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