Siempre ha existido debate sobre si realmente Stanley Kubrick hubiera estrenado tal cual llegó a los cines Eyes Wide Shut, su película póstuma.
Sin embargo, nunca existió discusión, en cambio, sobre su rechazo y boicot al que fue su debut, Fear and Desire, que hoy domingo estrena en España TCM.
“Un fallido ejercicio de cineasta aficionado. Una rareza completamente inepta, aburrida y pretenciosa” fue la descripción que Stanley Kubrick dedicó a su bautismo cinematográfico hasta el punto de que, según TCM, intentó quemar todos sus negativos.
Sin embargo, una copia que había quedado en el archivo de seguridad de Kodak arruinó su intención de situar El beso del asesino, mucho más digna de su talento, como su debut oficial.
En 1994 cuando los archivos de seguridad de Kodak revelaron que tenían una copia de aquella película “fantasma”, protagonizada por Frank Silvera, Kenneth Harp, Steve Coit y Paul Mazursky.
Kubrick salió del entuerto diciendo que era “como el dibujo de un niño en la nevera”.
Kubrick la había rodado siendo un estudiante, en el verano de 1951. Con 23 años, el futuro maestro quiso filmar una reflexión sobre el terrible bucle de la contienda una vez estallada la guerra con Corea.
El género bélico, que desarrollaría en dos de sus películas más conocidas (Senderos de gloria y La chaqueta metálica), le servía para poner a sus personajes al límite, enfrentándose con sus verdaderas naturalezas.
Voces en off que claman monólogos filosóficos, referencias a La tempestad, de Shakespeare, y actores desempeñando varios personajes eran algunas de las vetas amateur que se colaron en este filme que primero iba a llamarse La trampa, luego La forma del miedo hasta que, finalmente, el distribuidor, Joseph Burstyn, sugirió que para estrenarla en la primavera de 1953 el título más atractivo sería Fear and Desire (Miedo y Peligro).
La fe de Kubrick en el proyecto le hizo enrolar a todo su entorno: convenció a su amigo Howard Sackler para que escribiera el guion, a su padre para que retirara el dinero de su seguro de vida para poder financiar la película y su tío, Martin Perveler, dueño de una cadena de tiendas de ultramarinos, le dio el empujón final hasta los 53 mil dólares de presupuesto.
