Mademoiselle Pernod

Mademoiselle Pernod
Mademoiselle Pernod

Era bellísima. Apareció un día en la playa de Calafell, de la mano de su novio, a quien llamábamos “El Mosca”: un tipo guapo, casi un niño, sin mucha gracia, pero con un parecido a James Dean asombroso.

Ella, Mademoiselle Pernod, era un ángel pintado por Rafael, y su sobrenombre de pelea se lo debemos al novelista Juan Marsé, con recursos suficientes para hacer que la ficción seas más real que la misma realidad.

Mademoiselle Pernod era muy joven, en apariencia inocente, muy sensual y muy atractiva. Carlos Barral, el gran editor y poeta, la convenció para dar una vuelta por el mar en su barco, el “Capitán Argüello”, y ella dijo que sí, que mañana saldríamos a la mar. Y salimos. No hacía mucho viento, unas millas afuera, pero la vela del “Capitán” hacía caminar el barco hacia la felicidad y el sol marino en aquella mañana inolvidable.

A medio viaje, todavía con la proa hacia el mar y con la costa en la popa, Mademoiselle Pernod se quitó el dos piezas mínimo que salvaguardaba su alma física y terminó desnudándose del todo delante de nosotros.

En alta mar. “El Mosca” la miraba alelado y luego miraba hacia nosotros que sonreíamos como si fuéramos convidados de piedra a aquel festín juvenil de un cuerpo con el que “El Mosca” soñaba todas las noches veraniegas de Calafell.

Yo también soñé felizmente con ella durante mucho tiempo. La veía desnuda, en la proa, como si fuera un mascarón mitológico salido del mar, como Afrodita, y cantando al mundo una letra de bolero de sirena, mal de amores con dioses en otras vidas o simple memoria de un fracaso pasional.

Lo que más recuerdo de Mademoiselle Pernod ahora mismo es su nombre. Mejor dicho, su sobrenombre. Utilicé ese sobrenombre para la dueña de un burdel que aparece en mi novela Las naves quemadas, de ya vieja data, pero ahora ha vuelto a aparecer en un texto de La playa, una de esas novelas que escribo con calma, pero sin pausas, como una suerte de belle de jour que aparece también en un importantísimo burdel de la novela.

Mademoiselle Pernod se parece en esta novela, no a aquella de la que hablo arriba, la joven del cuadro de Rafael, sino a una de las “señoritas” que Picasso pintó, perdón por la reiteración, en un burdel de Barcelona en la calle Avignon.

Mucha gente cree que “Las señoritas de Avignon” tienen que ver con la ciudad francesa del mismo nombre, y que lo que hizo Picasso fue un homenaje a las bellas mujeres de esa parte del mundo.

Error, inmenso error. Son, en realidad, “habitantas” de un viejo y clásico burdel llamado “La Cueva de Avignon”, que Picasso frecuentaba. De ahí salió el cuadro, seguramente para pagar deudas de comida y placeres.

Todo cuadro tiene una historia y “Las señoritas...” también. Tiempos después, yo comí en “La Cueva de Avignon”, convertido en aquel momento como el mejor restaurante de Barcelona, regido por Ramón y su hija.

Ramón se suicidaría unos años de aquellos y su hija se casaría con el gourmet de mayor fama de Barcelona, el ilustrado Néstor Luján, uno de los comensales con los que departí en aquella ocasión, junto al poeta Enrique Badosa y el también gourmet Luis Vettonica.

Cultos e ilustrados, en ese largo y espléndido almuerzo aprendí de aquellos monstruos llenos de prestigio tantas cosas buenas que les tengo todavía una memoria y un agradecimiento infinitos.

En el texto de La playa en el que es, sin duda, la reina de oros, Mademoiselle Pernod es una mujer bellísima y muy discreta que llega al burdel el día que le da la gana y se va cuando quiere.

Entre sus privilegios está confirmar o no los deseos de su cliente de ocasión, a los que puede rechazar con permiso de la madama del local, llamada por los clientes Carmen de Bovary, sin que ninguno de ellos sepa de dónde le viene ese apellido tan ilustre y literario.

En mi mente, aquella joven de Calafell, de cuando éramos jóvenes, inconformistas, iletrados, felices e indocumentados, está ya para siempre llamada Mademoiselle Pernod, a quien no he vuelto a ver en toda mi vida.

Tampoco sé nada del destino que ha corrido “El Mosca”, aquella sombra imposible que estoy seguro que no siguió por mucho tiempo al monumento de sensualidad que era su novia.

Se veía que no podía, y la sorpresa hubiera sido que ocurriera lo contrario, que la doblegara de amor y pudiera con aquella diosa que el destino le regaló en plena juventud.

Sé además, como ustedes pueden imaginarse, el porqué de ese sobrenombre. Una tarde, sentados todos en la terraza de L´Espineta, el bar de los hijos de Barral, el editor le preguntó a la diosa qué quería tomar.

“Pernod”, dijo ella con su boca, sus dientes blanquísimos, con un aliento de intimidad que asombraba, mientras sus cabellos castaños brillaban como el oro a la caída del sol.

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