La crítica alemana ha reaccionado con irritación a una exposición del Museo del Louvre que, según quienes la atacan, muestra una evolución del arte alemán que lo hace desembocar inevitablemente en el nacionalsocialismo y el estallido de la II Guerra Mundial.
Las reacciones dan la sensación de que los críticos alemanes se están mirando en la exposición del Louvre como quien se mira en un espejo deformado.
La exposición -“De lAllemagne, 1800-1939” (Sobre Alemania, 1800-1939)- surgió de una cooperación francoalemana, en el marco de las celebraciones del cincuentenario del Tratado del Elíseo, y está formada por cerca de 200 obras.
Los artistas representados van desde románticos como Gaspar David Friedrich, con sus paisajes sobrecogedores, hasta los expresionistas, e incluye también fragmentos de películas como Metrópolis de Fritz Lang u Olympia, producción de Leni Riefenstahl por encargo de Hitler.
Además, hay un artista que se sale del marco cronológico de la exposición que es Anselm Kiefer, que abre la muestra con una obra típica suya en la que reflexiona, a través de la pintura, sobre la contradictoria historia alemana.
El Frankfurter Allgemeine Zeitung, por su parte, ha reprochado al Louvre el haberse diseñado a su antojo una historia del arte alemán en la que termina reforzando todos los tópicos acerca del “vecino romántico, extraño, oscuro y peligroso”.
Otro elemento es el planteamiento -siguiendo conceptos planteados por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia- de una lucha en el arte alemán entre lo apolíneo, o lo claro, racional y definido, y lo dionisíaco, que tiende al desbordamiento irracional y a la oscuridad.

