Estudios realizados en la década de 1980 hicieron que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) se definiera como la adquisición de una enfermedad viral (el virus de inmunodeficiencia humana, VIH) que, con la ausencia de tratamiento, conllevaba al deterioro del sistema inmunológico. Esto hacía que se manifestara clínicamente con dos patrones: uno, infecciones en la mayoría de los pacientes, y dos, enfermedades malignas.
Así lo afirma en una entrevista el oncólogo panameño Adán Ríos, actual profesor asociado del departamento de medicina interna en la división de oncología de The University of Texas Medical School at Houston, quien visitó el país recientemente.
“Cuando se categorizaron las enfermedades malignas que ocurrían en estos pacientes se encontró que en ausencia de tratamiento habían esencialmente tres tipos de tumores que afectaban a estos: el más frecuente era el tumor conocido como sarcoma de Kaposi; el segundo grupo eran pacientes con enfermedades del sistema linfático (linfomas malignos, conocidos como del subtipo B de células grandes, y el linfoma primario del sistema nervioso central). También muy de cerca se encontró que había una alta incidencia de cáncer cervical en las mujeres afectadas por el VIH”, señala.
Sin embargo, con el advenimiento de la terapia del VIH, el cuadro clínico cambia y se observa que la terapia antirretroviral produce un efecto positivo en la epidemiología de estas enfermedades. “El sarcoma de Kaposi, de una alta frecuencia en ausencia de tratamiento, literalmente ha desaparecido con el uso de la terapia antirretroviral, y eso representa un enorme beneficio para la sociedad en general”.
Con la terapia, los pacientes con linfoma empezaron a manifestar un cuadro inmunológico diferente, un distinto patrón de linfomas, como la presencia del linfoma de Burkitt y la enfermedad de Hodgkin.
También se observó que a pesar del uso de la terapia antirretroviral pareciera que no ha surgido un cambio en la incidencia de enfermedades causadas por el virus del papiloma humano (VPH), y por lo tanto en estos pacientes se continúan observando cáncer del ano, del esófago y de la cavidad orofaríngea, asimismo displasias cervicales en las mujeres, ligadas a cepas oncogénicas del VPH.
“Inicialmente no se entendía bien el efecto colateral de las drogas que se usaban para tratar el virus, y al mismo tiempo se tenía la impresión de que estos pacientes probablemente no tolerarían los tratamientos que usualmente se administran a pacientes con enfermedades malignas. Hoy día esto se puede resumir en el siguiente principio general del manejo de estos pacientes: en pacientes con VIH y enfermedades malignas, el mejor tratamiento consiste en un buen control del VIH, la aplicación de los tratamientos estándares que se usarían en pacientes aunque no tuvieran la enfermedad, la prevención de las enfermedades oportunísticas, y un apoyo emocional y nutricional adecuado”.
HACIA LA VACUNA
Hoy, gracias a la medicina antirretroviral, padecer VIH no es sinónimo de muerte, sino que es una condición que se puede tratar como si fuera una enfermedad crónica. Sin embargo, la comunidad médica continúa teniendo un vacío: una vacuna que prevenga la infección.
En febrero pasado, The New England Journal of Medicine incluye una publicación del inmunólogo Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos (EU), en que este reitera que para lograr el verdadero final de la pandemia de VIH se ameritará una vacuna.
Así como hay muchos investigadores en el mundo apuntando al desarrollo de una vacuna que lo prevenga, también Ríos ha dedicado sus esfuerzos a lograr la inactivación del virus.
En la década de 1980 tuvo la oportunidad de participar en colaboraciones con miembros del National Cancer Institute (NCI, Bethesda), donde conoció al médico y virólogo Jonas Salk, descubridor de la vacuna inactivada contra la poliomielitis (“Salk”, intramuscular, de virus “muerto” o inactivada). “Quedamos en el mismo comité del NCI, que en esa época era el repositorio de todas las actividades que se estaban desarrollando en cuanto a terapia del VIH”.
Salk trató de inactivar el virus, usando una metodología similar a la que había usado para inactivar el virus del polio. “Lo que esto significaba era aplicarle al virus del polio una sustancia formalina, que inactiva el virus; sin embargo, impide que el virus, al entrar en contacto con el sistema inmunológico sea reconocido como tal y se produzca una respuesta inmunológica protectora ya que altera en una forma importante la inmunogenicidad del mismo”.
El proceso de la inactivación de un virus elimina la capacidad infecciosa del agente, explica el doctor Ríos. “El método es la inactivación y la sustancia, en este caso, la formalina, el agente inactivante. El resultado esperado es que haya un reconocimiento inmunológico de alguna parte de la partícula viral, usualmente en la superficie de la partícula porque es lo que el sistema inmunológico usualmente ve primero. Sin embargo, en los procesos de inactivación de una partícula viral uno puede eliminar el componente infeccioso de la partícula, mas no se sabe si esa partícula estimula una respuesta inmunológica hasta que se demuestre su capacidad para generar una respuesta inmunológica”.
A la fecha se han logrado hacer inactivaciones de virus con el uso de agentes como la formalina y el calor, las cuales han probado ser efectivas en eliminar la capacidad infecciosa del virus, y que han logrado producir cierto grado de respuesta inmunológica. “La respuesta inmunológica no ha sido suficiente como para decir que es protectora, pero eso nos dice, por lo menos a mí, que tenemos que seguir buscando un método de inactivación que pueda permitir una replicación de lo que se hizo con el virus del polio”.
EL RETO
Han surgido estudios en los cuales el virus ha sido atenuado, y esos estudios son los que mejor han dado resultados potenciales en cuanto al desarrollo de una vacuna preventiva contra el VIH. “El problema es que la atenuación del virus implica que persiste la capacidad de infección. Cuando este virus atenuado infecta una célula normalmente se integra en el sistema genético de la célula. Y cuando vuelve a salir gradualmente vuelve a adquirir su virulencia”.
Por esto es imposible usar vacunas atenuadas de VIH en humanos.
Con el advenimiento de las nuevas terapias, el doctor Ríos realizó un entendimiento importante: el VIH depende “exclusivamente de una enzima para su sobrevida. Esa enzima se llama la transcriptasa invertida. Si esa enzima se inhibe, el virus no se puede reproducir. Los agentes activos iniciales y que continúan siendo fundamentales para el tratamiento de esta enfermedad son agentes que inhiben esa enzima”.
A esto se han añadido –continúa– otros elementos farmacológicos que ejercen su acción sobre otros aspectos de la fisiología del virus, pero “ciertamente el crítico es la inhibición de la replicación del virus y de la integración del virus en el DNA de la persona infectada”.
Sobre la base de este conocimiento desarrolló y patentó en EU, Europa, Australia y Canadá un método de inactivación dirigida de la transcriptasa invertida usando compuestos que permiten una foto-inactivación exclusivamente de la transcriptasa invertida preservando la inmunogenicidad de la partícula viral.
Ríos señala que dado el hecho de que la epidemia del sida es causada por aproximadamente cuatro cepas solamente, “creo que el método de inactivación dirigida de la transcriptasa invertida que he desarrollado puede permitir ahora la inactivación de virus transmisores fundadores de las cepas más frecuentemente involucradas en la epidemia, y entonces así crear una vacuna polivalente porque son tres o cuatro cepas, en una forma similar a la vacuna de polio”.
Sobre el trabajo realizado, el doctor señala que “tomé el camino menos usado, y ha sido toda una vida llena de muchas satisfacciones. Al mismo tiempo he tenido dificultades, pero el balance siempre es positivo”.

