Pavores y portentos

¿Sabías que La Guerra de las Galaxias tiene su propio diccionario? Es un tomo publicado en 2006 que, apropiadamente, se llama Wookiepedia.

Viene a colación porque recientemente pasé al lado de la grúa (presumo que draga) gigantesca plantada en media Vía España, y el colosal aparato me sacó una de esas palabrotas que describen lo que yace al sur del ecuador umbilical.

Me recordó, inmediatamente, a los AT-AT o All terrain armed transports (Transporte armado todo-terreno), aquellos paquidermos mecánicos que usaban los Storm Troopers del Imperio.

Y es que a pesar de todo lo que (se especula que) se pueda estar autogratificando el señor Presidente, al menos pasará a la historia como el tipo que finalmente le dio una solución al transporte público de la ciudad.

Ahora, falta ver el mantenimiento que se le dará, y cuándo quedará obsoleto.

Pero en mi generación, al menos, es lo más colosal que se ha visto en estas latitudes desde el puente de las Américas (yo recuerdo haber cruzado en el Thatcher Ferry).

Y me puedo imaginar cómo se sentirían nuestros antepasados al ver las obras de construcción del Canal: las inmensas dragas, las palas mecánicas a vapor, o steam shovels que surcaron la gran zanja, las magníficas compuertas que, un siglo más tarde, siguen funcionando, infatigables.

Hace algunos años escribí una nota para la difunta revista del difunto Banco del Istmo sobre el cruce ístmico. Entre los pavores (temor, con espanto o sobresalto, Diccionario de la Real Academia Española dixit) y portentos (cosa, acción o suceso singular que por su extrañeza o novedad causa admiración o terror; persona admirable por alguna condición, Diccionario de la Real Academia Española ídem) que se vieron en este cinturón continental está lo que sintió un aventurero florentino del siglo XVI ante un chaparrón criollo: “[cae] infaliblemente cada día a la hora de mediodía en adelante, con increíble estrépito y espanto de rayos y truenos y ruidos celestes; pues se puede decir que allí se oyen acaso más terríficos que en cualquier otra parte de todo el mundo, o por lo menos que los que yo he oído jamás en donde he estado. Caen además muchas piedras de esas que nosotros llamamos mezcladas con fuego y agua...”.

El viaje, según el cronista, duraba 19 días en bote por el Chagres y otros cinco a casco de mula por el Camino de Cruces.

Hoy día, cruzas el Canal en horas, y la Transístmica en minutos.

Hablaba, el florentino, sobre nuestra clorofila, hoy talada impunemente. Hay que recordar, para esto, que la “Italia cisalpina” carece de bosques primarios desde hace más de un milenio: “... las mismas ramas forman al crecer una margen tan impenetrable que no se puede llegar de modo alguno a la orilla, a la cual no pueden penetrar los rayos del sol, no ya los hombres. De esos tales árboles no solo se cree, más bien se tiene por muy cierto que nunca en ningún tiempo han sido cortados ni penetrados por nadie”.

Cosas verdes, Sancho. Por lo menos la torre financiera ya no será una de ellas.

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