Pecado de indiferencia

No huelo ni me conmuevo. No sea que me vaya a contagiar. El hambre azota. La desnutrición corroe su cuerpo y su mente. Si miro, me comprometo. Estos precios son de Primer Mundo y los salarios, de Cuarto. Me concentro en la bacteria “kápece” y en el proyecto “kakatrés”. Que al vagabundo se lo lleve el diablo, pero a mí no. Indiferencia no es pecado, sin embargo, si lo fuese, prefiero pecar de indiferencia.

Tiempos de Caín. Hay que destruir al hermano. La codicia, el egoísmo, la mezquindad, la ira y la hostilidad se travisten de Caín. La bola pica y se extiende. Mira hacia el frente, hasta donde se pierde el horizonte, y allí lo encontrarás. Lo tienes colgado en la espalda.

Crece Caín, con paso seguro. Será el fin de nuestros sueños y esperanzas. País de inequidades, mitad Holanda y mitad Haití, terreno fértil para sus hazañas.

Se le demanda que cuide estas ovejas que surcaron la senda alterna y que no les escatime afecto, sin embargo se transmuta en bestia dispuesta a descender al infierno, sin palacios, con cuerpos humeantes, y encontrarse con Lucifer. La divina comedia. Prefiere ignorarlos. Yo no veo; yo no fui.

Dios alabó al pastor de ovejas Abel, y al labrador Caín se le descompuso el rostro. El pecado estaba acechando como hiena. Sin razón, aunque sí con la causa de la envidia, lo sacó de su hábitat, y se le abalanzó.

La vida es el arte del encuentro, y, ante él, existen las opciones del amor, el odio o la indiferencia. Caín adquiere la número dos, y actúa.

Que nadie desluzca el espectáculo. A Caín no le interesan sus hermanos, los más sufridos. Le interesan solo aquellos con quienes pueda hacer negocios. Su meta son los edificios que rasquen el cielo y con ventanales de cristal.

Es el odio al hermano, en todo su esplendor. Lo expresa la violencia, el rencor, la culpa, dolores antiguos y hasta ajenos. El carácter animal, latente y el reprimido, aflora. Se cuadricula el territorio y salta la bestia.

El psicólogo Charles Baudouin, francés, acuñó la frase síndrome de Caín, representación del odio al hermano, como define el odio al padre el complejo de Edipo, el mito prototípico de la tragedia griega.

Si la codicia y la estructura mental sadomasoquista siguen dominando, como ocurre con pueblos enteros que humillan a otros, los condenan, los desalojan, los exterminan, entonces estamos perdidos.

La educación, el entrenamiento y la tecnología de nada servirán si no desalojamos al Caín que se ha instalado en el país. Piensen en el infierno que se ha estado construyendo y en sus víctimas.

Quita el rostro; no te importe; no es tu problema el de ese vagabundo, de esa nueva raza que, a la par de los portentosos rascacielos, se está encaramando en los centros urbanos.

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