Eso es Súper 8. Dicen que la dirigió J.J. Abrams y yo no lo creo del todo, pues pareciera que quien se hizo cargo de dar las órdenes fue su colega Steven Spielberg, el productor de este título. Exagero, lo sé.
Súper 8 la hizo Abrams, aunque para rendirle culto al papá de Tiburón, y de paso, recordarnos que ese era el cine confiable de antaño y no la serie de engaños que nos tiene acostumbrado el séptimo arte comercial del presente con tanto efecto especial que se usa para ocultar un guión plagado de baches y de actuaciones despreciables.
Esta producción sobre unos niños que filman una película artesanal de zombis y que además entran en contacto con un ser de otro planeta, es una hermosa manera de reverenciar al cine que hizo Spielberg antes de hacerse serio, sí, pertenece a la época de E.T. (1982), En busca del arca perdida (1981), Los Goonies (1985, no la realizó, aunque es suya la historia) y El imperio del sol (1987), de esos años en que uno podía llevar seguro al cine a los hijos, sobrinos o nietos porque no iba a encontrar nada dañino, ni grosero en sus tramas, todo lo contrario, eran títulos donde los preadolescentes se sentían orgullosos de serlo sin convertirlos en caricaturas de héroes desmedidos y los adultos de seguro añoraban haber sido como esos muchachos que hacen tan especial a Súper 8.
Claro, Abrams no es Steven Spielberg y eso se nota porque Súper 8 tiene algunos lugares comunes adivinables que le restan puntos, pero vaya que intenta igualar al maestro y eso es motivo de aplausos porque trata de estar a la altura de uno de los grandes de la dirección.
Abrams ofrece un sentido homenaje a las cintas sensatas de la década de 1980 como Los Gremlins (1984) y Volver al futuro (1985), de esas donde no había morbo ni dobles intenciones, pues era un cine sencillo, realmente de corte familiar y en eso radicaba su grandeza.
