Porras y la formación del Estado Nacional (VIII)

Porras y la formación del Estado Nacional (VIII)
Porras y la formación del Estado Nacional (VIII)

Conflicto y siguiente generación. Al final de la tercera administración de Porras, el conflicto y la inestabilidad política eran visibles como demuestra una disputa epistolar entre el mandatario y Harmodio Arias, miembro de la generación política representada por Acción Comunal.

Esa organización, a la que Arias no pertenecía pero apoyaba públicamente, se había formado en 1923 en una clínica dental para cuestionar los fundamentos del Estado liberal. Sus miembros eran, principalmente, jóvenes profesionales, muchos nacidos en el interior. Pese a los modestos recursos de sus familias, habían ganado becas gubernamentales para estudiar en el extranjero. Eran pues, en muchos sentidos, producto de la modernización. Formados en el exterior o en las nuevas escuelas de la República, se hicieron enemigos del viejo patriarcado que ahora representaba, irónicamente, Belisario Porras. Lo mismo que en Cuba, Haití y la República Dominicana, el tutelaje norteamericano había fomentado importantes cambios económicos y, con ellos, una nueva estructura social a la que ya no correspondía el Estado panameño. Los grupos que ascendían, se habían beneficiado del protectorado pero se mostraban inconformes con las humillaciones del neocolonialismo, sobre todo su tendencia a limitarles el liderazgo en los sectores más modernos de la sociedad. Adoptaron la idea de “fomentar una campaña por el progreso... y al propio tiempo conseguir que se haga justicia a los panameños”. De esta forma, emergió una “nueva clase media” que LaFaber insiste, “revitalizó al nacionalismo panameño”.

Uno de sus dirigentes, Harmodio Arias, había nacido en la provincia de Coclé, de “origen y condición modestas”. En 1904, a los dieciocho años, ganó una beca y marchó a Inglaterra. En su trabajo de doctorado en Derecho y Ciencias Políticas, examinó la legalidad de la relación neocolonial y ofreció una de las más lúcidas denuncias del protectorado que, más tarde como Presidente, procuraría eliminar mediante un nuevo tratado. Arias representó una renovada perspectiva nacional, inconforme con la relación existente con Estados Unidos. Pero hubo tensiones. En su tercer gobierno, con motivo de un conflicto público con Arias, Porras le preguntó: “¿Qué hizo Ud. siquiera por mí, como reconocimiento de mi bondad?”. “A la sombra... del Directorio Liberal”, Arias había sido elegido diputado, lo que no le impidió acusar al mandatario de “abuso del poder y de consolidarlo demasiado en sus propias manos”.

Una denuncia de los nuevos actores políticos era que Porras y el protectorado habían creado un sistema centralizado. Habían concentrado la autoridad en pocas personas a la vez que habían despojado a la política de contenido ideológico. Más que la democracia, los diplomáticos estadounidenses habían promovido la estabilidad, mientras que Porras y sus seguidores habían dado prioridad al progreso material que, para ellos, correspondía a su peculiar concepción de liberalismo. En consecuencia, el debate tendía a estancarse; los partidos no se organizaban para promover ideas ni para representar los intereses de clases sino que se creaban simplemente para apoyar a un candidato. Eran “grupos de hombres que se reúnen para respaldar a cierto jefe”, como los describió William Jennings Price en 1919. Para Harmodio Arias, esto significaba un “personalismo corruptor” incapaz de “resolver los graves problemas nacionales”.

Para 1908 esta tendencia se hizo evidente cuando los liberales aceptaron participar en el gobierno de J. D. De Obaldía (conservador), con lo que se redujeron las diferencias entre los partidos tradicionales. Desde entonces los liberales buscaron el apoyo de sus rivales. Porras los invitó frecuentemente a ocupar puestos de importancia, aún cuando en ocasiones habían disputado ferozmente. Así, Samuel Lewis y Ernesto T. Lefevre, dos conservadores, ejercieron cargos de alta responsabilidad. Lefevre incluso ocupó la presidencia cuando, seis meses antes de la elección de 1920, el candidato Porras se vio obligado a dejar el cargo para cumplir con las normas constitucionales.

Podría sugerirse que la presencia de Lefevre y otros conservadores representaba el pragmatismo de Porras y el deseo de promover el bienestar de todo el país y no simplemente los intereses de un sector pero, en cualquier caso, la política fue despojada de ideas y giró cada vez más alrededor de la figura del Presidente. “No se escuchó otra cosa que no fuera su nombre”, escribió Laurenza: “habría creado la Oposicion... si no la hubiese encontrado”. Así, “tan porristas eran sus partidarios como sus opositores”. En fin, Porras consiguió dominar la vida pública. Llegó hasta el punto de incorporar elementos de su antigua oposición para transformar la política en una cuestión de mando personal.

FUENTES

Editor:Ricardo López AriasTextos: Peter Szok

Fotografías:Carlos Endara. Colección RLA/AVSU

Comentarios:´vivir+@prensa.com´

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