Porras y la formación del Estado nacional (IX)

Porras y la formación del Estado nacional (IX)
Porras y la formación del Estado nacional (IX)

El entorno personalista se amplió en 1914 al rechazar Porras una lista de candidatos postulados por el Directorio Liberal para las elecciones, e insistir en elaborar él mismo la selección.

La actuación lo distanció de Carlos Mendoza y otros aliados que denunciaron “la fatal tendencia del doctor Porras a centralizar en sus manos todos los poderes como Jefe de Administración y... la gerencia de los asuntos del partido”, una función que, según ellos, se había ejercido tradicionalmente bajo “una dirección plural”.

Estaban disconformes, además, con la tendencia del Gobierno de otorgar contratos a compañías norteamericanas y con la decisión del Estado de adquirir la Lotería Nacional que, desde la época colombiana, había sido una concesión otorgada a la familia Duque.

Es un hecho notable que, en las siguientes contiendas para la presidencia, Porras apoyó a Ramón M. Valdés, en quien Mendoza no veía a un “hombre de confianza” por sus vínculos con los conservadores en el pasado.

En sus campañas, Porras llegó a depender cada vez menos del Partido Liberal y más de organizaciones como la Liga Nacional Porrista y otros clubes políticos de carácter servil y efímero, cuyas cartas de adhesión llenaban el archivo del presidente.

El pronóstico de Marsh, el encargado de negocios, se había cumplido: Porras se desvinculó de su vieja base liberal y se alineó con otros elementos, incluso con representantes de la oligarquía. Como resultado, los “partidos históricos” se convirtieron en simples vehículos personales. “No representan... ningún ideal, ningún principio”, escribió Harmodio Arias.

El mismo Porras reconoció esta degeneración en una serie de cartas publicadas en septiembre de 1915, en las que defendió su derecho de destituir a los funcionarios desleales que empleaban sus puestos para apoyar a sus rivales. El problema, según Porras, radicaba en que a los partidos les faltaba disciplina y ya no demarcaban el debate nacional.

Acción Comunal respondió a esta situación con la retirada de la política partidista. Se definió, ingenuamente, como una organización doctrinaria, impersonal y patriótica, y empleó numerosos símbolos y rituales para contrastar su posición con la del gobierno de Porras.

Desarrolló, además, un programa cultural hispanista que, tal como el movimiento de negritud en Haití, surgió como una respuesta al neocolonialismo. “Hable en castellano, cuente en balboas y lea Acción Comunal” fue la divisa del nuevo grupo.

Resulta notorio que mientras que el liberalismo se convertía en porrismo, el caudillo recurría a tácticas cada vez más autoritarias. Sin embargo, tachar a Porras de tendencias dictatoriales sería, sin duda, exagerar sus inclinaciones.

Si bien es cierto que reemplazó los Códigos Penal y Administrativo para poder castigar a los que le faltaban el “debido respeto”, el presidente en general reconoció la libertad de prensa, aun en publicaciones en que lo calumniaron o criticaron duramente.

En la mayoría de los casos, para defenderse de sus enemigos, recurrió a los “tribunales de honor” y a los “jueces de conciencia” y no a los encarcelamientos.

El presidente era, además, un hábil escritor y sabía defenderse en los periódicos. Es cierto también que no distorsionó los fundamentos constitucionales para dilatar su control del Gobierno.

Al final de su primer período entregó el poder a su sucesor, y en 1920 se separó de la presidencia para competir por su reelección. Cuando terminó su tercera administración, decidió no postularse nuevamente y se retiró temporalmente de la política.

“Yo quiero que paguemos tributo al principio democrático de la alternabilidad”, insistió en una carta a un subordinado que le había sugerido que prolongara su mandato.

De ese modo, Porras respetó las reglas básicas de gobierno; sin embargo, también es cierto, como muestran los documentos del Archivo Porras, que él y los otros presidentes de estas décadas presidieron un Estado que se encontraba cada vez más aislado, por lo que recurrieron muchas veces a manipulaciones que no favorecieron el futuro democrático.

El resultado, según un observador de la época, fue la creación de un sistema de gobierno sumamente centralizado en que las “funciones del poder Ejecutivo, que siempre fueron exageradas... han crecido tanto... que no hay sector de la vida nacional en donde ellas no se hagan sentir decisivamente”.

 

FUENTES

Textos: Peter Szok

Fotografías: Carlos Endara. Colección RLA/AVSU.

Comentarios: vivir+@prensa.com

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