A los seis años, tenía dos certezas musicales. Que Bohemian Rhapsody y Yellow Submarine eran canciones de los Muppets. no tenía ni idea quiénes eran Queen o los Beatles, ni mucho menos qué era el rock.
Yo solo tenía claro que mis adorados muñecos me ofrecían divertidas canciones sobre capitanes que se perdían en mares verdes a bordo de submarinos amarillos y que habían hijos que le pedían perdón a sus madres por los errores cometidos.
Eran otros tiempos, ya lo sé, cuando la programación televisiva para los niños era de verdad inocente y tierna, ningún pequeño espectador corría peligro de ser testigo de actos de violencia ni de escuchar diálogos groseros.
Todo era correcto, pacífico, ideal, ya nos tocaría después observar y oír lo inapropiado que traen consigo algunas realidades.
Cuando veía hace unos días las caritas de los chicos en la sala de cine donde proyectaban Los Muppets, volví a ser testigo de algo inolvidable: la belleza de ver a los pequeños creer que las marionetas están vivas, que sienten gozo y dolores como nosotros y que como nosotros tienen sueños por edificar y nunca se les acaban el placer de las aventuras.
Qué fácil sería todo si los adultos no hubiéramos perdido esa capacidad de asombro y de creer que lo que sea es posible, incluido que unos seres coloridos hechos de trapo existen y además salvan un teatro en ruinas que a la par los volvió a unir y les trajo de vuelta su dignidad.
Fue grato volver a mi niñez agarrado de la manos de los personajes de Los Muppets. Para mi hijo Diego, fiel compañero de varias faenas fílmicas, los protagonistas de esta cinta familiar le dicen poco o nada. Era más su entusiasmo por disfrutar de una nueva producción, que si le importaba quién era esa rana que vivía en una casa decadente como le ocurrió a la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder.
Al final, a Diego le gustó esta comedia musical y a mí aún más. Nos pasó lo mismo. Creímos en la propuesta, sana y sin malicia, de un producto que nos recordaba los musicales de los años 1930, cuando los tambores de la Segunda Guerra aún no se escuchaban y se pensaba que la sangre de los inocentes nunca volvería a correr por las calles de Europa.
Me encantó que esta película no se tomó a sí misma en serio, ni tampoco a sus personajes ni los métodos que usaban para trasladarse o para vencer a un inversionista carente de alma, un tipo amargado que de seguro nunca vio en la pantalla chica a Los Muppets, y si lo hizo, qué tristeza haber perdido a otro adulto que puedo invertir mejor sus ilusiones y su futuro.
