Después de la larga guerra de independencia en la Nueva Granada que culminó con la creación de la República de Colombia, siguió un largo proceso político para lograr la integridad territorial y la unidad de la nación colombiana, esta integración estuvo amenazada de manera constante por dos factores: de un lado, los intereses internacionales sobre territorios definidos como colombianos que tuvieron algunos imperios y los nuevos Estados que definían sus territorialidades en el hemisferio, y de otro lado la oposición de intereses locales y regionales que se personificaron en varias guerras civiles e impidieron la formación de un proyecto nacional hegemónico. En estas circunstancias fue muy difícil mantener la integridad territorial durante el siglo XIX, en el cual Colombia cedió a otros Estados naciones territorios que definió como propios; mientras las contiendas civiles socavaron los cimientos de una integración nacional que tuvo como consecuencia irremediable la independencia del entonces departamento de Panamá, después de la guerra entre liberales y conservadores ocurrida entre 1899 y 1902.
La creación del Estado de Panamá, no solo demostró la capacidad y decisión de un sector de las élites políticas panameñas para asumir un proyecto político de república, con una independencia amenazada desde el principio, sino también la incapacidad del Gobierno colombiano para mantener la integridad territorial, sus limitaciones en el ejercicio diplomático y el mal manejo de las relaciones internacionales. Para Colombia esta pérdida territorial y derrota diplomática trajo efectos nocivos en la construcción de la integración y la nacionalidad, mientras que para la joven República de Panamá significó la construcción de una república y la redefinición de un nacionalismo que vio en la vieja república un enemigo externo, sin percatarse por lo menos tempranamente, de que en sus entrañas engendraba un enemigo más peligroso, al cual tendrían que enfrentarse más adelante. Aunque los políticos e intelectuales colombianos acusaron a los panameños de “apátridas” e intentaron eliminar su pasado compartido con Colombia, como lo evidencia el desarrollo de una historiografía que suprimió la historia de Panamá en los relatos históricos colombianos, lo cierto es que la construcción del Estado panameño fue una gran lección para las élites de Colombia, las cuales subestimaron el potencial geoestratégico del istmo con sus prejuicios raciales y visión andina. Panamá se independizó de Colombia, promovió un conjunto de voces y amenazas separatistas en otros departamentos, poniendo a la república en una verdadera encrucijada política en la cual tuvo que replantear el pasado, presente y futuro del país.
La situación fue asumida por el presidente Rafael Reyes, quien tuvo que lidiar con la crisis fiscal, partidista, y con la ausencia de identidad nacional; varias fueron las tareas realizadas por Reyes, quien tuvo como lema “paz y concordia”, atendió el sistema económico y fiscal con diferentes reformas de tipo tributario y la emisión de papel moneda; exorcizó el fantasma de una posible guerra y evitó nuevas separaciones en algunos departamentos. Para esto último, realizó una audaz reforma política y administrativa en la que dividió los departamentos, sobre todo aquellos cuyo desafío al poder central venía del siglo XIX.
Para promover la reconciliación y vigorizar el proyecto de Estado nación en Colombia, Reyes fomentó la creación de un pasado común que fortaleciera la identidad del país, con este objetivo decidió, mediante Ley N° 39 del 15 de junio de 1907, la creación del 20 de julio como día de la independencia nacional y dispuso como estrategia la celebración del primer centenario de la independencia nacional el 20 de julio de 1910. El proyecto fue ejecutado por la “Comisión Nacional del Centenario”, compuesta por ministros y representantes de la recién constituida Academia de Historia, esta comisión fue presidida por el general Rafael Uribe Uribe y después de la renuncia de Reyes en 1909, fue liderada por Carlos Calderón, ministro de Relaciones Exteriores bajo el gobierno de transición de González Valencia.
Bajo la dirección de Calderón se logró agilizar la programación para la celebración, sus negociaciones con los mandatarios regionales y locales, comprometieron a las secretarías de Instrucción Pública de casi todos los departamentos. De esta forma las autoridades locales y los estudiantes de todas las escuelas públicas del país rindieran tributo a los héroes y hechos ocurridos en Bogotá 100 años antes. A partir de esta celebración centenaria, el 20 de julio, fecha que solo se celebraba en Bogotá y sus alrededores se convirtió paulatinamente en una “tradición inventada”, que se consolidó año tras año con la repetición simbólica que involucró a nuevas generaciones de colombianos, hecho que ha llevado a que el 20 de julio se convierta en el día de la independencia nacional.
En algunas ciudades como Cartagena, intelectuales y políticos sostuvieron que el 20 de julio no era la fecha de la independencia nacional, puesto que en esta fecha se reconoció a Fernando VII como rey, por tal motivo la fecha nacional de independencia tenía que recaer sobre algunas de las fechas gloriosas de la ciudad de Cartagena, el 22 de mayo o el 14 de junio de 1810, cuando se desconoció la autoridad de España o el 11 de noviembre de 1811, día en que se firmó el acta de independencia definitiva. Pese a la oposición, se dio un proceso de disciplinamiento de la memoria social que impuso una memoria de la independencia que privilegió las acciones de la región andina por encima de los acontecimientos de otras regiones, esto fue significativo para consolidar desde el punto de vista simbólico la hegemonía de los andes sobre el resto de las regiones.
La pérdida de Panamá aunque dejó a Colombia en una encrucijada política, también dio lugar a una redefinición de la nacionalidad colombiana que buscó con la creación de un pasado común legitimar el proyecto futuro donde el papel protagónico en el rumbo del país lo tendrían las élites de los andes centrales.
FUENTES
Editor: Ricardo López Arias
Autor: Raúl Román Romero, profesor de historia de la Universidad Nacional de Colombia
Fotografía: Colección RLA/AVSU
Comentarios: raíces@prensa.com

