Cuando viajé por primera vez a Puebla, México, hace ya más de 20 años, lo hice para encontrar al hombre de confianza de Carlos Barral. El hombre, un amigo, había viajado por toda América Latina cobrando el dinero que las distribuidoras y las librerías no habían pagado en años. Iba enviando telegramas a Barcelona, en los cuales no había sino dos palabras augurales: por ejemplo, “Cobrado Argentina”, uno; “Cobrado Perú”, otro. Y así, sucesivamente. Cuando llegó a México, el último eslabón del exitoso viaje, envió el telegrama final: “¡Cobrado México!”. Y, un segundo después, se hizo el silencio, se cortó la comunicación entre el hombre, Barral y Distribuciones de Enlace, que englobaba 14 editoriales españolas. Se perdió el hombre con todo el dinero sin dejar el más mínimo rastro tras él. Estuvo en el silencio más absoluto durante años, el mismo tiempo en el que las editoriales perdieron la esperanza de cobrar el dinero. Mucho tiempo después, apareció el humo. Se habían creado, en un municipio cercano a Puebla, dos editoriales: Premiá Libros y Ediciones de El Bicho. Barral intuyó que, tras esos nombres, estaba escondido su hombre de confianza, que había utilizado el dinero para fundar aquellas dos editoriales. En aquel viaje a Puebla, las pesquisas que hicimos Barral y yo dieron un gran resultado: acabamos sabiendo donde residía el hombre y donde tenía sus empresas. Y una tarde, tras visitar la espléndida ciudad de Cholula, con 375 iglesias levantadas por Hernán Cortés sobre 375 pirámides truncadas de los aborígenes, nos fuimos hasta el municipio Tlahuapan. Allí, en medio de un pequeño desierto, vivía el hombre, su mujer y su hijo. Vivía muy cómodamente y sin esperar que ese día Barral iba a encontrarlo. Llegamos a su casa cuando oscurecía. Barral tocó en la puerta y, unos segundos más tarde, apareció el hombre en la puerta. Se quedó mirándonos, a Barral sobre todo, con una incipiente y contenida sonrisa de asombro en su rostro por lo demás impertérrito. Barral tenía en su rostro el mismo gesto que el de su hombre de confianza editorial: una sonrisa contenida e incipiente que no acababa de dibujarse del todo. Un segundo después, los dos estallaron en una carcajada brutal, de asombro y cariño, y se agarraron en un abrazo que consolidaba la confianza y amistad. El resto fue una velada llena de tequilas, mezcales, botana, huevos a la ranchera, largas conversaciones, carcajadas, preguntas sin contestar y respuestas más o menos evasivas, pero que parecían contundentes. Nos dio la madrugada entre alcoholes y licores. Entonces, el hombre nos llevó a su jardín, y nos enseñó muy orgulloso su plantación de peyote, la fruta sagrada y prohibida de los indios tarahumara, el mismo misterioso y sacral fruto que Artaud describió en su libro sobre los indios poseedores del secreto. “Hay que dárselo primero a probar a un perro: si el perro no se vuelve loco, tú puedes ingresar en el ritual de comer un poquito de esta droga”, dijo el hombre. Sánchez Dragó, que venía con nosotros, le pidió al hombre que le regalara cinco o seis de aquellos frutos para traérselos a su casa de Madrid, previo paso por Estados Unidos. “Vamos a entrar por Tucson”, le dije para avisarlo, “la ciudad sin ley, mi amigo. Si te trincan con un porro, te meten tres años de cárcel. Imagínate si te agarran con peyote. Los 30 años no te los quita nadie”. Al fin, al día siguiente, cuando ya nos íbamos del Gran Hotel Ciudad de México, Sánchez Dragó entró en razón, luego de llamarme cobarde una decena de veces, y le dejó el saquito con los peyotes al portero de día del hotel.
Ahora estoy de nuevo en Puebla. Veo el Popo, el volcán de la novela de Malcolm Lowry, todos los días desde mi habitación. Tengo a Tlahuapan a tiro de piedra, y a su lado Cholula, la ciudad en la que habitan silenciosos y escondidos los dioses aborígenes que Cortés creyó desterrar para siempre con su conquista. Me acuerdo muy bien de los muchos viajes que he hecho a Puebla. Y las aventuras que corrí por estos lares en mi dorada e inquieta juventud. Ahora, mientras termino de escribir este comentario dominguero extraído de mis memorias inéditas, recuerdo a Barral, que se fue del aire una tarde triste y tristemente inolvidable. Recuerdo mis viajes con el gran editor y poeta, mi gran maestro intelectual, a esta tierra sagrada. Huelo el viejo ambiente hoy, de nuevo, como si fuera todavía un joven en busca de aventuras.

