Más de una rubia actriz ha vuelto loco a los espectadores a lo largo de la historia del cine. Esas esbeltas damas de cabellos dorados han provocado que la audiencia mundial las adore como miembros distinguidos de una moderna monarquía hecha de fotogramas.

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Surge un mito

 

Entre estas bellas rubias, naturales o por obra y gracia de los químicos y el bisturí, están Carole Lombard, Mae West, Jean Harlow, Ginger Rogers, Marlene Dietrich, Jane Mansfield, Anita Ekberg, Kim Novak y Lana Turner, así como Michelle Pfeiffer, Jessica Lange, Melanie Griffith, Sharon Stone, Kim Basinger o Charlize Theron.

Ninguna, por más talentosa o polémica que haya sido, ha logrado derrotar al tiempo y al olvido como la más grande diosa de oro: Marilyn Monroe.

La existencia de Monroe podría ser una versión actual del Oliver Twist de Charles Dickens. La pequeña Norma Jeane Mortenson fue cautiva de la pobreza y la soledad cuando teniendo madre terminó en orfanatos y en hogares de padres sustitutos.

De adulta el dinero y el reconocimiento mediático le guiñaron los ojos hasta volverla ciega y fue el apetitoso deseo carnal de muchos, aunque fue una desdichada en el amor.

Era caprichosa, instintiva, triste, vulgar, insegura, astuta y manipuladora según a quien se le pregunte, y se dice que usó su fabuloso cuerpo para ubicarse en el pedestal del que nadie la ha podido bajar.

Era una actriz de talento medio, pero cuando aprendía sus parlamentos y le hacía caso a su director, era capaz de eclipsar a cualquier ganador del premio Oscar que osara ocupar cartelera con ella.

Desde que fue una amazona que triunfó en el sistema patriarcal de Hollywood, ahogó sus frustraciones con barbitúricos y alcohol, y por desesperación intentó suicidarse en cuatro ocasiones cuando el cautiverio que da la fama no la dejaba respirar.

Marilyn, rubia oxigenada, una inocente de agresividad erótica, murió (¿suicidio accidental o asesinato premeditado?) un día como hoy, hace 50 años, por una sobredosis de somníferos.