Nada contra el Carnaval. Manifestación nacida en la Edad Media y traída por los colonizadores a nuestras tierras. De origen foráneo, como buena parte de nuestras costumbres y otras aspirinas.
¿Por qué gente se opone a la fiesta de las brujas, sentido figurado, y no se opone al Carnaval?
O te opones a ambas o las aceptas, o ya entras en contradicciones, y necesitas andar dando explicaciones difíciles.
Fue la granada que encontraron los pobladores para afrontar el poder –absoluto, eclesiástico, opresor–, aunque fuesen unos pocos días. Y los poderosos tuvieron que maniobrar, incluso con el calendario, la fuerza de esa manifestación.
En Panamá, la candidez de la política invade esa fiesta y ese jolgorio, y como si fuera una licitación que debe autootogarse, esos postulados se encharcan en el Carnaval, y banalizan el necesario arte de buscar el bien común.
Es la metáfora del despeñadero: como en el Carnaval todo se puede, en la política también. Cuando candidato, Martinelli saltó entre camas en un reducto de la fiesta carnavalesca, sin límites y en el jolgorio, y ganó un escudo para gobernar sin Contraloría, manipular magistrados y congelar la Fiscalía Electoral.
En sus inicios, el Carnaval era un hervidero de gente enfrentado a la Iglesia y a los otros poderes. Tirar excremento y orines ante los fiesteros era algo normal. Todo al revés del llamado buen comportamiento con el afán de protestar, aunque fuesen pocos días en el año.
Postulantes a cargos de elección optan por la estrategia de buscar votos en el culeco, y, de paso, reniegan al debate -no foros insulzos- y a la demostración cabal de sus idearios y propuestas, ni los pueblerinos les reclaman compostura. Es el cambalache de esta época.
Si regalas unos chécheres y estás en la mojadera, te sientes liberado de dar explicaciones públicas de qué has hecho antes, de tus ideas, de tus argumentos y de debatir.
Ni qué decir del esperpento anual del Carnaval en la capital, que es financiado por el Estado y en el que nunca se presentan cuentas claras, y aparecen aquellos gastos millonarios, con contrataciones interesadas en beneficio de las rémoras del poder.
Expresión del folclor y de lo mejor de la cultura popular, esta fiesta debiera estar vedada para campañas proselitistas para evitar que los politicastros banalicen el ejercicio de una de las actividades más necesarias, la política.
La fiesta exorciza, aunque sea en forma temporal, por cuatro días, males, estrés, penurias y sinsabores contemporáneos y de otros tiempos. Afloran las más profundas pasiones humanas, y aumenta por mucho el consumo de bebidas alcohólicas. Y resulta una especie de catarsis colectiva frente al vivir y sobre todo a sus vertientes más difíciles y sórdidas.
Si ese encuentro anual ayuda a superar esos males, bienvenida la catarsis colectiva para que sean más felices los carnavalusuarios.
El propósito del jolgorio y de los excesos es que algún sector de la sociedad se sorprenda, aunque no debe sorprender: es la naturaleza de la fiesta. Ir fuera de los límites y tratar de sortear las reglas y amagar al poder, sin que salga lesionado, al final.
Entre los comportamientos perniciosos del país está embarrar la política con el fermento carnavalesco, y liberar a los politicastros de cualquier responsabilidad cuando les toca gobernar los asuntos de la república.
Dime hasta dónde tomas en serio el culeco y te diré cómo será tu gobierno y tus proyectos de ley.
Lo dijo
Se afianza la miseria léxica: “lo ultimaron en el último momento”, “obtuvo el apoyo con el que lo apoyaron”, “organizó la organización de la fiesta”, “le costearon el costo del producto”. No use en una sola frase las palabras de una misma familia léxica.
