En medio de la balumba de acontecimientos que la agitación de un nuevo gobierno enarbola con sus nuevas proyecciones, me llegó casi en silencio la desaparición física de Jorge 0rtega Núñez, un primo hermano sin el cual la sucursal del cielo que fue mi niñez no hubiera tenido ninguna explicación ni credibilidad.
Al recordarlo puedo evocarlo como una linterna a pesar del tiempo que ha pasado entre su deceso y estas líneas. Su recuerdo alumbró el cúmulo de deslumbramientos y recuerdos que nos acompañaron por las viejas calles de Río Abajo, Parque Lefevre, San Francisco y Paitilla, la calle Estudiante y el Casco Antiguo y todos esos lugares que nuestros pies con zapatillas sin tregua recorrieron.
Adiós Jorge, alguna vez podremos recuperar las frutas de pan que se quedaron flotando en aquel árbol que cantaba que por algo estaba el cielo en el mundo.
Pienso en estos días que cuando van cayendo las hojas del calendario, ciertos recuerdos que nos marcaron con un sello de felicidad, vuelven a asomarse a la memoria y a eso se debe la iluminación de algunos episodios que vivimos y dejaron huellas imborrables.
No quisiera dejar en la sombra el recuerdo de la reciente Feria del Libro de Panamá, donde me encontré con mucha gente amable y maravillosa con quienes me tomé innumerables fotos y pude adquirir libros fundamentales que tengo en fila para su lectura.
No quisiera dejar en la sombra el conversatorio en torno a Ricardo J. Bermúdez en un acto muy concurrido en la Biblioteca Nacional, y agradecerles a María Magela Brenes y Rosa María Britton por el eficaz respaldo que resultó en un acto muy concurrido y evocador en toda la extensión de la palabra.
Fernando Savater cuenta que cierta vez le preguntaron al inolvidable filósofo Bertrand Rusell que si le dieran a escoger entre saber más o ser feliz, respondió que parecería extraño, pero el prefería seguir aprendiendo.
Para mí, sin duda, ese camino es la lectura, o sea, la lectura de libros o la lectura diaria de la realidad o de los sucesos que ocurren en el mundo.
Como verán, mis carísimos lectores, como escribió William 0spina, en ese hermoso ensayo intitulado La edad del desierto que crece, “algo en nosotros se resiste a aceptar que renunciáramos a todo por tan poco, y que habiendo tenido en nuestras manos el mundo generoso de Whitmann y de Shakespeare, nos hayamos resignado al mundo mezquino de la vida sin sueños y la muerte a plazos”.

