Histeria navideña

Estamos a fin de año. Bien documetado está que en estos días más suicidios hay, pero lo que no se documenta es el chorro de mentiras que se dicen por el camino: las vendedoras a las chicas que van por su traje largo de graduación: ¡Ay, te ves hermosa! (por dentro piensan: la pobre tras que tiene la piel oliva, se ve como una col dentro del numerito ese con basta de repollo). Y otros ejemplos de mal gusto y malas ventas. Mientras, en las calles, hay histeria colectiva.

Hipócrates, quien diera nombre a este mal emocional, decía que era típico de la mujeres (vaya, qué sorpresa) y le dio el nombre de la matriz, hystera. Las mayores manifestaciones de histeria del siglo XX son ejemplo del talento del macho para la histeria: la caída de la bolsa de valores en 1929 y la Segunda Guerra Mundial, cortesía de Herr Adolf y de Hirohito San.

Vaya guerras, las de la testosterona: si aprendieran a make love, not war, los pissing contests pasarían a ser kissing contests, y todo el mundo más feliz y con una explosión demográfica de madre.

Pero divago. Siguiendo con el hilo cronológico del asunto, no solo el Homo sapiens adolece de ella: me refiero a los gansos que comenzaron a graznar como histéricos cuando los galos invadieron Roma en el año 390 a.C., alertando así al destacamento de guardias que defendieron y salvaron la fortaleza de la colina Capitolina. El resto de Roma, por supuesto, se fue pal caray. Así, poco a poco, los bárbaros tocaron a la puerta del imperio romano, y con aquello de que soplaré y soplaré, y tu casa derribaré, se lo comieron, pero ya mucho, mucho después de que César dijera su famoso vini, vidi, vinci, o sea vine, vi y vencí.

Traigo esto a colación porque en nuestra ciudad, todos los años se desata una histeria colectiva la noche de compras de Félix y la de Motta. Y el grito de guerra de todos es: vini, vidi, Visa. O Mastercard, o Amex, o Diners, o la que acepten.

Pero ni la lástima ni la simpatía le sirvieron para nada a las dos pelaitas que comenzaron todo el rollo de la cacería de brujas de Salem, Massachussets, allá en 1692. Por supuesto que muchos avivatos vieron una oportunidad dorada de despojar de sus bienes a algunas mujeres que no tenían un macho alfa protector, y que quedaron pagando los platos rotos.

Yo creo que para que una tenga un motivo más contundente para ir a hacer retail therapy o “terapia al detal”, también conocida como blander tarjetazos, deberíamos acoger a estas señoras de Salem como patronas emocionales. Al fin y al cabo, nosotras también podemos hacer macalusia con la plata, en especial si es del marido. Y hablando de macalusia, es bien sabido que los machos alfa recortan las vini vidi Visa de sus espositas, hasta el próximo año, o cuanto sean capaz de soportar la veda de “zezo” que se les impone. Porque toda acción tiene reacción, mijos.

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