Robacorazones letales

Cincuenta años de Bond, cuatro más de Obama. Ambos personajes sumamente carismáticos, unos verdaderos heartthrobs.

Barack, después de que, este pasado junio, saliera a la venta el libro Barack Obama: The Story, cuyo autor David Maraniss entrevista a dos exnovias blancas del presidente reelecto.

La una, Genevieve Cook, compañera de clases de Columbia, describe a un universitario negro cuya inteligencia y pinta le daba cosquillas a la chica, que opina hoy que Obama tenía la necesidad de sumergirse en su identidad afroamericana.

La otra, Alex McNear, antecedió a Cook mientras Obama estudiaba en Occidental College, California, y además describe un largo verano neoyorquino con un Barack obsesionado por el concepto de choices: escogencias, opciones, selecciones, decisiones tomadas, maneras en que se resolvió su pasado, el de sus ancestros, el del universo. Los eventos que forjaron al hombre que una noche, con cara de cool cat agasajaba a corresponsales de prensa en Washington, mientras a medio mundo el Team Six de los SEALS despachaban a Bin Laden. Evidentemente tan sexy, letal y flemático como Bond.

James Bond. Con él no sabías si llegaba la muerte esa, el omega lapidario, o la petite morte, como le llaman los franceses al gran “O”. Si ibas o venías. Siempre el cénit del mero macho, oximorónico esto ya que fue metrosexual antes de que el periodista inglés Mark Simpson acuñara siquiera el término en el diario británico The Independent, en 1994.

Glamour letal de la mente de Ian Fleming mise en scene en las encarnaciones sucesivas de Connery, Moore, Brosnan, un par ignóminos y ahora, Craig, el orangután rubio. En el caso de Bond, sine qua non. En el caso de Obama, la alternativa era impensable. Carteó una amiga anglo-irlandesa: “Glad your O´Bama [sic] won. Nice Irish boy”.

Los irlandeses, que una vez fueron los nuevos inmigrantes de Estados Unidos, de cuyos cimientos salió ese otro símbolo sexual, JFK; luego los italianos como la belleza que hoy que nos dirige; los orientales, nuevos genios universitarios; los hispanos, cuyo voto fue crucial para el gane contundente, hace casi dos semanas, del moreno carismático.

En esta última entrega de Bond, la 25, que marca el aniversario de oro en celuloide de 007, vemos cómo lijan, raspan, pelan sistemáticamente cada capa de esmalte, glamour, juguetitos tecno con que ha ido sofisticándose, o agobiándose, el formato fílmico del espía icónico.

Cuando ya no pueden irle más antes de que termine en una verdadera parodia, entonces vuelven a lo básico.

Para el golpe final de la película no usaron un dispositivo nuclear, ni rifle con miras telescópicas ni misil dirigido y visión infrarroja sino un simple puñal. Una interesante analogía entre: El retorno a lo básico en Bond, donde se eliminan las florituras, y el repudio del electorado estadounidense al adversario Romney, a quien dijo Barack: “You airbrush the past” (maquillas el pasado). Un futuro de cara lavada para un nobelista y para la creación de un novelista.

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