Secuelas de muertes violentas y hogueras

Orgullo: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas. Esta vez, no siento orgullo propio, sino de un antepasado.

Creo, entonces, que eso me exime de la partecilla de arrogancia, exceso y estimación propia, al menos para los efectos de este espacio. Siento orgullo por un hombre que dejó huellas profundas sobre sus descendientes, por haberles dejado un listón tan alto y por la terrible muerte que sufrió a manos de sus detractores.

Hace 100 años, el 28 de enero de 1912, el general Eloy Alfaro sufrió una muerte tan denigrante, que la palabra violencia le queda corta. Cien años más tarde, sus compatriotas lo nombraron el “mejor ecuatoriano de todos los tiempos”.

Manuel, su padre riojano, se estableció en Manabí, cuna de los famosos sombreros de toquilla, que comercializó en Panamá, y otros países de la zona, llevando al joven José Eloy de aprendiz. Entre sus tantos pasos por Panamá, se enamoró de una señorita local, Ana Paredes Arosemena, y juntos, acumularon vasta fortuna. Sí; mis ancestros manabitas ayudaron a difundir la fama del Panamá Hat.

Luchó por sus ideales liberales, tras años de batalla, y a partir de su presidencia de 1895 logró: la libertad del pueblo, la consolidación del territorio ecuatoriano, la creación de un estado laico funcionante y fuerte, que impulsase las actividades económicas, como lo haría el ferrocarril que, bajo su iniciativa, fue construido entre Guayaquil (ciudad portuaria) y Quito, capital del país, y para cuyos hacendados católicos representaba una gran amenaza.

Consideraba Alfaro fundamental la integración de la mujer (a quien concedió divorcio y voto), y el indio (abolió la esclavitud e instituyó la enseñanza pública, laica y obligatoria).

Abogó por la apertura económica, y por que Ecuador se integrara al mundo económico, comercial, financiero e intelectual. No concebía que la economía ecuatoriana pudiese levantarse sin ayuda extranjera.

Eloy Alfaro fue obstinado, pero muy tolerante. Respetó a la cuarta columna, aunque criticase en duros términos a algunos de sus miembros.

Jamás se rebajaría a coaccionar a sus detractores, empleados, seguidores o empresarios privados con auditorías, amenazas o utilizando a sus agencias para que hagan su trabajo sucio. Además de político, fue un exportador y ejercía su comercio exterior teniendo como modelo al del Imperialismo Británico. Creyó en la empresa libre y jamás compartió las ideas socialistas de Marx o Engels.

Tras muerto, entre su correspondencia se encontraron cartas a un amigo norteamericano, a quien pedía dinero para pagar su póliza de vida, vida que le fue arrebatada, a sus 70 años, de manera salvaje: fue traicionado, encarcelado en el Panóptico –cárcel cuyo diseño permite a un vigilante observar (-optikon) a todos (pan-) los prisioneros–; tras ello fue arrastrado por caballos (mientras la turbamulta lo desmembraba) y, finalmente, quemado en plaza pública en lo que Alfredo Pareja Diez Canseco llamase, en su biografía de los hechos, La Hoguera Bárbara.

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