El final de los días

A principios de esta semana, Tony Scott estelarizó, no como director, sino como clavadista, al aventarse de un puente suspendido en Los Ángeles. Destino, la bahía. Inicialmente se creía que se debía a cáncer en el cerebro. Esta suposición quedó descartada. ¿Por qué lo hizo? Es lo que se preguntan los dolientes. Hay otros marcos hipotéticos, como sucede en la novela Night Train, de Martin Amis (1999). Trata sobre la sospechosa muerte de una joven con prometedor futuro.

“Oh, Jennifer, ¿qué has hecho?” Pregunta Hoolihan, el detective a cargo del caso, cuando descubre la verdad. Aunque preguntemos: “¿Oh, Tony, qué has hecho?” tal vez nunca lo sabremos. Dejó una nota para su mujer e hijos, un “los amo” sin explicación. Hay suicidios que nos sacuden. Lo de Steve Jobs no fue suicidio, en sí, pero hay quienes consideran que su fe en las curas alternas le restó meses de vida.

Otras muertes, asesinatos a todas luces, pueden haber tenido un fin ulterior. Me viene a la mente una de estas, propinada por los victimarios, mas orquestrada por la víctima. Se dio durante las idus de marzo del 44 d. Hablo, sí, del asesinato de Cayo Julio César.

En 2003, el coronel Luciano Garofano, comandante del centro de investigación forense de los Carabinieri italianos, desarrolló una teoría, para la cual buscó la corroboración del Dr. Harold Busztaijan, catedrático de la Escuela de Medicina de Harvard.

Julio César, a todas luces, no solo tenía una red masiva de informantes, sino que, al momento de ser asesinado, tenía en su poder una nota que le informaba del complot de asesinato, que no se dio en los escalones del Foro romano.

Como a la sazón, el senado se había quemado, las sesiones se celebraban en el Pórtico de Pompeyo, recinto situado al norte del Tíber, bajo la actual Porta Argentina. César, a sabiendas del complot, acudió sin sus guardaespaldas. Tenía, a la sazón, 64 años y sufría de epilepsia y de una vanidad galopante.

Al orquestar su defunción, obligó a sus victimarios a actuar públicamente. Además, había secretamente cambiado su testamento, nombrando como heredero a su sobrino Octaviano, aristócrata romano, cuyo pedigrí tendría mucho mayor peso que el de Cesarion, su hijo con Cleopatra quien, aunque de sangre real, nunca dejaría de ser considerado un bastardo por la clase gobernante romana. Tenía motivo, oportunidad y medios.

Sus victimarios deseaban proteger a la República de la dictadura, pero el beneficio de su expiración, para César, fue doble: como hombre privado, no soportaba la idea de una senectud plagada por el espectro de su epilepsis y las secuelas de la misma; y como hombre público, se aseguró a sí mismo un sitial en la historia, además de garantizar la permanencia de su estirpe –en la figura de Octaviano–a la cabeza del imperio romano. Ave César, y adiós, Tony Scott.

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