Las personas que le interesan a Big Brother

Las palabras como táctica para la guerra contra el terrorismo. Así se intitula una nota que salió en el New York Times el 14 de septiembre de 2003.

Aduce su autor, Eric Lichtblau, que las “fuerzas públicas” utilizan el término como un eufemismo más benigno para “sospechoso”: así endulzan la píldora de su poder en expansión. Y hablando de poder en expansión, creo que hasta voy a extrañar al señor de las pichinas, porque el nombre del partido gobernante debe acortarse a “cambio” pelado, ya que lo de democrático se corroe a segundo.

Cambiando un poco de tema, disfruto mucho viendo una teleserie que se llama, casualmente, “Person of Interest” (Warner, miércoles). En ella, el billonario Mr. Finch le diseñó al Gobierno un súper programa de cómputo capaz de identificar a individuos a punto de involucrarse en un crimen, pero se dejó una entrada secreta al programa, por la cual apaña los números de seguro social que saca la compu tras procesar la info que chupa del ciberéter, cámaras de semáforos, cajeros automáticos, etc. y prevenir crímenes. Para ello recluta a un ex sicario de la CIA, presuntamente muerto, John Reese.

Y te preguntarás, ¿por qué esto ahora, si la serie ya lleva meses? Porque lo que sí es novedad es que nuestro propio Big Brother (así se llamaba el ficticio dictador del estado policivo de 1984, de George Orwell, que observaba a todos los ciudadanos, por medio de pantallas, y cuyo lema era “Big Brother te está observando”), ahora, además de todas las cámaras que ya tiene, los pinchazos de teléfono que se presumen, etc., va a poner un chip en los autos para supervisar los abusos del tránsito vehicular. Claro, y de paso, para tener otra base de datos sobre los movimientos de sus “personas de interés”.

¿Paranoia? Enfáticamente, sí, pero no infundada. En este país hay más celulares que líneas fijas. El Gobierno, el proveedor de servicios, el fabricante del equipo: todos tienen acceso no solo a nuestros metadatos (metadata, o básicamente, de qué forma utilizamos la información disponible) sino también a nuestro paradero, de acuerdo a la repetidora que rebote nuestra señal.

Ah, y no olvidemos LinkedIn o Facebook. Si Orwell estuviese vivo ahora mismo, se estaría haciendo harakiri (de hara, barriga, y kiru, cortar: revolviéndonos las tripas con una katana o sable japonés).

Y ahora sí que me voy a poner fantasiosa con los facinerosos (según DRAE, “delincuente habitual; hombre malvado, de perversa condición”), y vaticinar que lo único que falta es que nos comiencen a implantar un chip a nosotros cuando nacemos. De esa forma, quedaríamos, en unas décadas, divididos en clases según nuestras habilidades: Alfas, Betas, etc.

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