Entre teclado y fogón, Nora Ephron

El arte imita a la vida, y esta, a su vez, sigue el círculo virtuoso.

Cavilando sobre el contenido de este Lingua, me percato de que no tengo una “palabrita que hurgar” con significados, orígenes ni semiótica algunos.

Es simplemente que recordé aquella película de Dianne Keaton con Jack Nicholson, Alguien tiene que ceder, donde el personaje de Keaton convierte al de Nicholson en una parodia, en un guión de Broadway.

Pues es arte imitando arte inspirado de la vida: mucho antes, Nora Ephron, fallecida hace un par de semanas, hizo catarsis de su segundo derrumbe marital cuando, con siete meses de embarazo, descubrió que su esposo, Carl Bernstein (sí, el de “garganta profunda”) le estaba poniendo los cuernos.

En su libro de 1996, Heartburn (Agrieras, aunque literalmente sea “quemaduras en el corazón”) cuenta de su shock, y comenta, con ese humor retorcido que la caracterizó siempre: “lo peor del caso es que –por estar embarazada– no podía salir en citas con hombres” y entre un zarpazo y otro, entretejía recetas y observaciones elocuentes.

Conversando sobre la amante de su marido con su mejor amiga Betty, esta le dice: “No, ese romance no ha terminado porque se depiló las piernas por primera vez, y aún no llega el verano”.

O como cuando en su libro Crazy Salad exponía que de adolescente era medio marimacho y decidió que quería ser más femenina: así que decidió que su problema se podría arreglar con poseer un buen par de senos.

Esta parte de su anatomía, fuese o no de su agrado, la consagró al publicar en 1972 un ensayo llamado Unas cuantas palabras sobre los senos.

Y en el cine relucen sus colaboraciones con Meg Ryan, bien con Tom Hanks en Tienes un e-mail y en Sleepless in Seattle. Pero la escena inolvidablemente cómica es la de Cuando Harry conoció a Sally, cuando están en la cafetería aquella en que Sally/Meg se desquicia.

Era la sumatoria femenina de Woody Allen con Tom Wolfe, puesto que a diferencia del cineasta y el novelista, Ephron tuvo una de las carreras más prolijas de una mujer de letras, pasando de periodista a ensayista, libretista, y ya abiertas las puertas de La-La-Land, a productora y directora.

En 1983 escribió el libreto de Silkwood, drama en que Meryl Streep hace de Karen Silkwood, la trabajadora de una planta nuclear con problemas; mucho más tarde volvieron a colaborar en Julie and Julia, película en que, por supuesto, la gastronomía y el amor por la cocina estelarizan al punto en que el antiguo crítico gastronómico del periódico New York Times, Frank Bruni, tiene un pequeño rol como huésped de una cena donde Julie.

Decía Bruni que Ephron era una foodie de cepa (todos saben que yo también soy ángel de ese coro), y que de alguna inexplicable forma, cada vez que se enteraba de un restaurante que valiera la pena, por lo general Ephron ya lo había visitado y le daba sus recomendaciones: ¿Probaste el costillar? Bien, entonces, ahora hablemos de las papas.

Ave, Nora, y cómase un rico tocinillo del cielo, donde esté.

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