El tiempo y los años recorridos, a veces, iluminan con una nueva luz ciertos trayectos de nuestras vidas que parecieran imborrables.
Recuerdo que en la cima del cerro Ancón, alrededor de la década de 1950, con las palabras de fondo de Aristides Royo, precedido de una romería de estudiantes y autoridades oficiales, se develó un busto de nuestro inolvidable bardo nacional Demetrio Korsi, en una mañana hermosa de verano en la que se rindió un testimonio de admiración y de cariño al inolvidable autor de Incidente de cumbia.
Figuras de gran relieve de nuestro mundo social y político estaban presentes y respiraban hondos y orgullosos cuando llegaban a la cima del cerro.
Amigo de tertulias cotidianas, Korsi fue siempre un gran amigo que tuvo el delicado gesto de irme a mostrar el cable que había recibido cuando se ganó el Premio Juana de Ibarbourou mientras yo aguardaba mi salida del Hospital Panamá donde estaba recluido.
En el mundo cotidiano ocurren sucesos que sin duda formarán parte del anecdotario literario del país.
Como se habrán enterado mis amigos y lectores, este año fui objeto de un gran reconocimiento al ser el designado para recibir la Condecoración Rogelio Sinán, que, sin duda, ya es de conocimiento público.
La noticia en La Prensa, no obstante, además del pergamino y la medalla, señalaba que el premio incluía diez mil dólares.
Así me enteré que entre mis más íntimas amistades ya se habían repartido el dinero por un acuerdo mutuo. En medio de la baraúnda me comuniqué con los poetas Dimas Lidio Pittí y Roberto Luzcando y los puse al corriente para que no se preocuparan, ya que había apartado dos dólares para que así pudieran celebrar mi premio y ayudarlos a cargar la canasta en la Jumbo Feria.
Desde Francia recibí un correo del gran amigo, el pintor David Solís, quien me felicitaba enormemente que me hubiera ganado el Concurso Ricardo Miró y que por supuesto él suponía que debía ser en la sección poesía.
No soy porteño, pero mi alma está íntimamente vinculada a la era del tango y navegué como el que más en ese mar de turbulentas pasiones y amargos sufrimientos.
Mi adolescencia estuvo consumida por un tango que casi acaba con mi existencia que decía: “Angustia de sentirme abandonado y pensar que otro a su lado, pronto pronto le hablará de amor. Hermano, yo no quiero rebajarme , ni pedirle ni rogarle, que no me hagas más sufrir, desde mi triste soledad, veré caer las rosas muertas de mi juventud”.
Sin embargo, recibí un tucazo en la cabeza cuando leo el título de una reciente novela que es una parte del tango que dice Nostalgia de escuchar su risa loca, y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración. Es evidente, que no recibí un tanganazo sino un tangonazo.

