Desde que el hombre se organiza en sociedad apareció la práctica de venerar y recordar a los muertos que significaron un valor para sus familiares, para la nación o para el mundo. Y entre más recursos económicos, mayor era la magnificencia de las tumbas o monumentos, arquitectónicamente hablando. Ejemplos de esto los son las pirámides de Egipto (Giza), los mausoleos de Mausolo y de Augusto, los notables y suntuosos sepulcros a lo largo de la Vía Apia Antigua (Italia) o la basílica de San Pedro (Roma).
En la ciudad de Panamá se localiza, en el corregimiento de El Chorrillo, un cementerio con el nombre de Amador desde el siglo XIX. Con nuestra separación de Colombia se convirtió en el más importante para los católicos y nacionales, exclusivamente durante los primeros 50 años del siglo pasado. Los restos mortales de los difuntos de naturaleza judía y china descansaban en otros cementerios.
Para la época a que estoy haciendo referencia, familias panameñas, con refinamiento cultural y con medios económicos utilizaron y contrataron a arquitectos para los diseños de mausoleos para el descanso de los restos mortales y las almas de sus familiares en la necrópolis Amador. Y la mayor parte de los profesionales de la arquitectura descollaron en la creación de estos monumentos, y prueba de ello se refleja en los que todavía permanecen de pie en el sitio. Eso se puede apreciar por las fotografías de algunos que acompañan este escrito.

Ya no diseñan mausoleos. En las últimas décadas se han establecido cementerios (Jardín de Paz, Jardín del Recuerdo) donde la modalidad de estos lugares es que los sitios de los enterramientos solamente se diferencian, el uno del otro, nada más por una placa, a ras de tierra, con el nombre del finado. Lo mismo sucede en los columbarios y sus lóculos en las iglesias católicas.

Lo cierto es que los mausoleos del cementerio Amador son parte de la historia de la arquitectura y de los arquitectos panameños.

