El atardecer de las palabras

En su poema Crepúsculo, José Ángel Buesa comienza la primera estrofa, describiéndolo –con su inigualable sensibilidad– como “Hora de soledad y de melancolía, en que casi es de noche y casi no es de día. Hora para que vuelva todo lo que se fue, hora para estar triste, sin preguntar por qué”.

En su segunda estrofa nos recuerda que “Todo empieza a morir cuando nace el olvido. Y es tan dulce buscar lo que no se ha perdido...”.

Y si bien el crepúsculo es romántico, para sentarte, quietamente, a ver cuando nuestra estrella, perdición de Ícaro, se escurre por el horizonte, y según tu percha (Diccionario de la Lengua Española: loc. verb., estar aislado y asegurado) se sumerja en el mar, o se acurruque entre montañas, casi como en el seno materno, yo prefiero el conticinio.

Y así como siente Buesa que su atardecer es hora para que vuelva todo lo que se fue, ansío el conticinio; esa hora de la noche, cuyo profundo silencio atesoramos tanto –porque duerme el resto de la casa, del mundo, y hasta en los call centers esos que cortan con la sutileza de una sierra eléctrica tu flujo de conciencia, los telefonistas inoportunos se dedican a los suyos, aliviados de no tener que llamar nuevamente a la “doña” aquella que le dijo, en tono de pocos amigos “En tres palabras o menos, qué estás vendiendo” (ok, esa soy yo y les juro que es efectivo, aunque me partan el alma las pobres pelaítas)– que hasta los grillos hacen silencio, y lloro por el conticinio, una palabra que proviene del latín Conticinium, anochecer.

Y miro la conexión que tiene con Conticere: callarse. Sabios, esos romanos que medían el día a parir de la primera hora de luz, o sea de día. P.e., las siete de la mañana para nosotros, era para ellos, la primera hora del día.

Y así como el conticinio, el sustantivo, está cayendo en desuso, también el silencio: sea el de la profunda noche, sea el de la humildad verdadera, sea el de otros tiempos, en que no éramos blanco de un bombardeo de informática, y mensajes subliminales.

Se está perdiendo pues, una floresta de palabras hermosas, y con ellas, costumbres, un estilo de vida que se ha ido para no volver. Igual que la floresta, que también es palabra en peligro de extinción: “Lugar arbolado, frondoso y ameno. Conjunto de cosas bellas y agradables”.

Se están perdiendo, pero hay forma de evitar su extinción, y la solución es, como siempre tienden a ser las mejores, elegante: el simple uso de las mismas, preferiblemente por escrito, para que los ilustres ocupantes de las sillas de las Academias de la Lengua puedan, cual el mío Cid, rescatarlas de la ignominia.

En cuanto a lo otro: a la palabra hecha verbo, al estilo de vida dulce aquel, en que la honorabilidad no se definía como “eso que practican los manzanillos que no saben jugar vivo”... eso también lo podemos rescatar. Es más, es nuestro deber.

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