¿Para qué sirve la JMJ para los panameños?

¿Para qué sirve la JMJ para los panameños?
La JMJ nos ha puesto a hablar de religión, de juventud, al igual que de turismo.

Mientras en las redes sociales vuelan las críticas y comentarios cínicos sobre la realización de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Panamá, las calles de la ciudad se han convertido en el escenario perfecto para un gran festival que a la vez es encuentro, diálogo y fiesta entre jóvenes.

El catolicismo del siglo XXI y, por ende, la práctica religiosa de este milenio, se exhibe en la ciudad de Panamá como una gran vitrina. Esto, sin embargo, no atiende a las sensibilidades y a los principios de la separación entre la Iglesia y el Estado, ni le da concordancia a la incoherente mojigatería y puritanismo seudorreligioso de la casta de políticos que gobierna a Panamá. Hay una disonancia entre los valores de la JMJ y la realidad política e institucional de Panamá. El Laudato si del papa Francisco solo sirve como nombre del parque del molinos de viento en Coclé. Este no es terreno fértil del ambientalismo.

La JMJ se ha convertido en un vehículo social para articular algo que a los panameños se nos había perdido hace rato: un poco de identidad cultural, de orgullo nacional y, por qué no decirlo, una tan necesaria inyección de autoestima. La JMJ le ha permitido a chiricanos, colonenses, santeños, veragüenses, chepanos, monagrilleros, ocueños, coclesanos, san joaquineños, y a la variopinta Calidonia, entre muchos, mostrar su rostro feliz y sonriente.

Una sinagoga y una mezquita abrieron sus puertas a los peregrinos. En esta tierra en la que hay un bellísimo templo Mormón (en Corozal), uno indú, en la Ricardo J. Alfaro, una casa de oración Bahai en las cumbres, un centro Hare Krishna, una catedral metodista en la avenida Omar Torrijos, un parque en honor a la Kwan Yin, son apenas algunas facetas del diamante de la espiritualidad panameña.

Me imagino que las redes sociales reventarán esta afirmación e incluirán a brujos, curanderos, santeros, paleros y hasta los bichos que leen las cartas o la zurrapa del café. Una cosa es la religión organizada, otra cosa es la búsqueda de la espiritualidad, y una muy distinta es la charlatanería y el ritualismo. Lamentablemente, en Panamá hay de todo eso.

La JMJ nos ha puesto a hablar de religión, de juventud, al igual que de turismo, y hasta de temas filosóficos como las libertades de pensamiento o el estado laico. Nos ha demostrado que es posible hacer una fiesta sin guaro y campana, y le ha devuelto la sonrisa a la cara de muchos panameños. Mucha falta nos hacía.

A los Grinch que se fueron huyendo a otros países o a sus casas de playa, se lo perdieron. No hay nada más esperanzador que jóvenes viviendo como jóvenes y tratando de salvar al mundo. Lástima que no sea un evento permanente, pero por lo menos tuvimos la oportunidad como país para vivirlo.

En el año 2022 nos corresponde ser anfitriones de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ojalá le mostremos al mundo la hermosa cara que nos sacó la JMJ.

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