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08 feb La gran solución a los jubilados y a las listas negras: un guacho de políticas públicas

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Los jubilados desde el año pasado exigen un aumento a sus jubilaciones. Los jubilados desde el año pasado exigen un aumento a sus jubilaciones.
Los jubilados desde el año pasado exigen un aumento a sus jubilaciones. Archivo

Me tienen cansado. Cada vez que hay un problema de políticas públicas del Estado, la respuesta termina siendo la misma: no hay plata, hay que cambiar la ley, fulano y mengano del gobierno anterior no hicieron lo que tenían que hacer; o el simple, “no se puede”.

Panamá es el país del “sí se pudo”. Pregúntele al coronel Segundo Villarreal, líder de la independencia de 1821. Quizás tal vez a Belisario Porras. ¿O quizás a Ricardo J. Alfaro? Dos muchachos universitarios el 2 de mayo de 1958, Carlos Arellano Lennox y Ricardo Arturo Ríos, se inventaron una siembra de banderas en la entonces Zona del Canal de Panamá. Aparte de ganarse el correspondiente epíteto de “ñangaras”, “idealistas”, “revoltosos”, ¿qué fue lo que consiguieron? Junto a otros, su iniciativa de políticas públicas consiguió que 21 años después el Canal de Panamá empezara a revertir a manos panameñas. Se inventaron una iniciativa política que cambió la historia.

La crisis financiera de la Caja de Seguro Social, las presiones internacionales contra la industria de los servicios financieros y jurídicos en Panamá, y el aumento solicitado por los jubilados a sus exiguas pensiones merodean la discusión política en tiempos electorales, provocando tibias reacciones. Frente a estos complejos desafíos de políticas públicas, llama la atención la mediocre y poca imaginativa capacidad de respuesta que ha tenido el Estado, y los gobiernos más recientes han sido incapaces de enfrentar y mucho menos resolver estos grandes desafíos internos y externos.

Panamá tuvo el mejor tratado de libre comercio de su historia con Taiwán y lo tiramos a la basura.

La gran falacia que se nos repite como un mantra institucional es que los distintos desafíos deben ser tratados por separado. Todo está vinculado y al fragmentar los temas terminamos posponiendo innecesariamente su solución. Tomemos por ejemplo el afán de la Unión Europea de desbaratar a la plataforma de servicios financieros de Panamá. Se les ha dado todo: se cambió el régimen de sociedades, se obligó al registro de clientes, al intercambio automático de información tributaria y se creó el delito de evasión fiscal. Sin embargo, todo esto no les ha sido suficiente. Entonces, tomemos una página del libro de gobierno de Donald Trump: impongámosle un arancel del 25% a los productos europeos y de paso salgámonos del Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea.

Saltarán de sus asientos y se tropezarán con sus celulares, aquellos que acaban de leer mi propuesta. Aquí falta un poco de historia. La mitad de las exportaciones de la Unión Europea a Centroamérica vienen a Panamá. Nuestro país fue obligado a firmar un tratado de libre comercio con Centroamérica para que entonces pudiéramos negociar un tratado similar con la Unión Europea. Nuestras exportaciones al Viejo Continente son un chiste. “La piña que va a Austria”, no se compara en nada al banco que dejó de existir, a las miles de sociedades anónimas que fueron canceladas o a la insistencia europea de dañar nuestra reputación. Todos esos perfumes franceses, autos alemanes, pastas italianas, vinos españoles, quesos y cebollas holandesas entran a nuestro país como Pedro por su casa.

Ese ingreso adicional del 25% de arancel a las importaciones europeas (1,500 millones de dólares en importaciones para 2015) se puede utilizar para darle un justo aumento a los jubilados del país y usar el resto del dinero para fortalecer el Programa de Invalidez, Vejez y Muerte de la caja del Seguro Social.

Ya que estamos en el tema, tampoco se debería firmar un TLC con China. Panamá tuvo el mejor TLC de su historia con Taiwán y lo tiramos a la basura. Nunca lo aprovechamos correctamente, y cualquier cosa que negociemos con China estará muy lejos de lo obtenido con Taiwán.

Panamá ha firmado 22 tratados de libre comercio, nuestras exportaciones han venido cayendo en los últimos años (este año subirán por el espejismo de la mina de cobre), y lo que es peor, estos TLC han provocado una mayor migración del campo a la ciudad y han incrementado nuestro déficit fiscal provocando un exagerado endeudamiento del gobierno. Me explico más claramente: cada producto importado a Panamá paga un arancel de importación, excepto aquellos productos beneficiados con una exoneración (hay demasiadas exoneraciones), los que son contrabandeados y los que son beneficiados por acuerdo de libre comercio, ya sea que le reduzcan el arancel o se lo eliminen totalmente.

Si Panamá mantuviese en 2019 el nivel arancelario a los países y productos que mantenían dichos aranceles el 1 de enero de 1999, los ingresos por este concepto serían de varios miles de millones de dólares más al año. En su lugar, los ingresos arancelarios sobre más de 11 mil millones de dólares en importaciones son de poco más de 300 millones de dólares; cuando en el gobierno de Ernesto Pérez Balladares, hace 25 años, ya se superaba esa cifra. Firmar un TLC con China arriesga esos 300 millones de dólares en aranceles actuales, lo que significa más déficit y endeudamiento o más impuestos. Además, tanto China como Panamá son suscriptores de los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio, a su vez, del acuerdo Multilateral de Protección de Inversiones y de decenas de acuerdos administrativos que pudieran mantener fluida una relación de negocios y de cooperación sin necesidad de arrastrar más el balance fiscal del Estado panameño.

Dado que la ciudad de Panamá es la más cara de América Latina y que los precios de alimentos y medicamentos en la plaza panameña superan con creces los del resto de la región, esto hace suponer que las rebajas arancelarias de los tratados de libre comercio se las comieron los distribuidores e importadores, en otras palabras, la comida y productos baratos que nos prometieron vendrían con mayores importaciones sin aranceles, nunca ocurrió.

Así, con una sola política pública, como la de hacernos respetar ante la Unión Europea, cambiamos de rumbo nuestras relaciones internacionales, hacemos justicia a los jubilados y fortalecemos el fondo IVM de la CSS. Este es un guacho de políticas públicas que bien puede terminar en un rissotto, una paella o en una paila de arroz ahumado sin suficiente concolón. La decisión es nuestra.

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