La ciudad de Panamá no es una ciudad amistosa y mucho menos cordial. Es una ciudad naturalmente agresiva como lo son usualmente las ciudades portuarias. Esta no es una ciudad con grandes bulevares o frescas alamedas, esta es una ciudad de cemento y acero.
Esta ciudad se ha visto castigada por la historia, al menos por el último siglo, lo que significó que creció de forma desordenada con muy poco interés por los bienes públicos y los espacios comunes. La ciudad de Panamá se asemeja a algunos de sus peores habitantes, por lo tanto es machista, racista, clasista y le gusta fingir, al hacerse pasar por lo que no es.
Síntomas de una crisis
Mis recuerdos de la ciudad superan medio siglo de vivencias que van desde los barrios de alcurnia hasta las comunidades más populares, siempre me ha impactado la cantidad de basura que ha caracterizado a
esta ciudad. Hoy está peor que nunca, con un servicio estatal de aseo colapsado y un relleno sanitario que fue rebasado y que amenaza con convertirse en una crisis sanitaria.
La infraestructura de la ciudad revela una terrible verdad: vivimos en un país subdesarrollado. Las calles están mal, las aceras están rotas (cuando existen), el alcantarillado ya perdió la guerra contra la basura y la lluvia, la oscuridad, el apiñamiento y los colores decaídos de casas y edificios son desalentadores.
La economía de la ciudad está pauperizada. Se puede ver un Maserati al frente de un puesto de ventas de frutas. Los vendedores ambulantes que venden de todo y ofrecen lo mismo; han invadido calles, aceras, parques y las pocas áreas públicas con las que contamos.
La gente pidiendo “leche para la bebi” se ve acompañada por migrantes que buscan regresar a alguna parte.
Las noches son propiedad de un ejército de desamparados, sin hogar, sin comida y sin salud. La factura de las adicciones y las enfermedades mentales mal cuidadas está a la vista. Además, la prostitución callejera se ha tomado cada vez más calles y cada vez más horas de la urbe.
Un secuestro institucional
¿De quién es la responsabilidad de la ciudad de Panamá? De todos y de nadie. La recolección de la basura es la competencia de una fracasada entidad estatal, mientras que el cuidado de las calles pertenece a un ministerio, la atención de enfermos mentales corresponde a otros ministerios y la reinserción de alcohólicos y drogadictos queda en mano de ministerios religiosos.
Aquí los parques y plazas son de otros. El Parque Omar pertenece al despacho de la Primera Dama, la Cinta Costera es propiedad del Ministerio de Obras Públicas, el Casco Antiguo es de la oficina del Casco Antiguo del gobierno nacional, las aguas sucias son a veces del Idaan y otras del MOP.
La inseguridad ciudadana es tema de la Policía Nacional y el deterioro social de niños, jóvenes y familias enteras es del Mides.
Todos se hacen de la vista gorda con el problema de la prostitución, los mendigos y los deambulantes. A nadie le importa si le abren una cantina al lado de una escuela, o si cierran las bibliotecas para abrir más prostíbulos.
Tenemos una generación de jóvenes urbanos que no han terminado su educación, que no conocen un empleo fijo y que no tienen familia.
Con la dejadez y el poco importa de la clase política desconocemos cuántos somos los que vivimos en la ciudad de Panamá, donde vivimos y de qué vivimos.
Ni el gobierno nacional, ni el gobierno municipal están interesados en fomentar la creación de empresas sólidas y robustas que generen empleos. Emprendimiento es una palabra prostituida que casi significa un subsidio más u otro favor que hace algún político que te “concede” un kiosco, una ayuda de Ampyme, o un salve de la junta comunal. Aquí parece que las autoridades nada saben de incubadoras de empresas, de promover la innovación y de fomentar ecosistemas de negocios. Parece que no sabemos cómo agregar valor a lo que tenemos y podemos hacer.
A costa suya, a costa mía, a costa nuestra y a costa de las futuras generaciones, se le concedieron más de 2 mil millones de dólares en incentivos fiscales al turismo, a un pequeño grupo de empresarios.
Los que conocen coinciden en que la cura será peor que la enfermedad. Cuando al fin llegaron algunos turistas, la rampa por la que debían bajar del barco se cayó. A los que evitaron este destino se debieron enfrentar a la voracidad del transporte turístico que cobra 50 dólares para llevarlos del Casco Antiguo a la esclusa de Miraflores. Quizás visitar un restaurante en los que una soda cuesta 6 dólares, un plato recalentado en microondas se vende por 25 dólares y las sonrisas no estaban incluidas en la cuenta.
Castigamos a los turistas con nuestra amargura, nuestra grosería y nuestra hostilidad.
Una ciudad diferente
Antes de que usted se decida a salir huyendo de la ciudad para emigrar a Sarigua, irse a meditar a Punta Burica o a limpiar una playa en Bocas del Toro, es necesario entender que la ciudad de Panamá está así
por culpa nuestra. Nosotros somos los que echamos basura en la calle, nosotros somos los groseros con los turistas, nosotros somos los que caminamos por donde nos da la gana y manejamos en total anarquía. También somos los que elegimos y toleramos a los que gobiernan.
Si leyó hasta aquí, por favor haga un acto de rebeldía contra este estado de cosas. Hoy, mañana y todos los días sea más cortés y gentil con su familia, sus vecinos, y los demás seres vivos que se crucen por su camino. Cuando maneje respete las luces rojas, haga alto en la esquina, deje pasar a los peatones, dele cortesía a los bomberos y a las ambulancias.
Tómese la molestia de apoyar algún emprendimiento regularmente. Esto no es comprarle una galleta a nadie en la calle, si no abrirle su cartera a las emprendedoras y emprendedores que mantuvieron este país andando durante la pandemia.
Haga algo por la gente que menos tiene, incluso si usted siente que le falta todo encontrará a alguien que le falte más. No se trata de caridad, si no de empatía y solidaridad.
Mejore la propina al chico que le carga el supermercado. Ayude a la persona que está delante de usted en la farmacia y no puede comprar todas sus medicinas. Dele su tiempo a los ancianos, los niños, los jóvenes, las personas con discapacidad y a los migrantes que pasan por nuestro país. Usted tiene ropa muy buena que no usa, también tiene zapatos que les pueden servir a otras personas.
Los mejores recuerdos que guarda un turista de un lugar son los que tienen que ver con la generosidad de la gente. No deje que se aprovechen de los turistas ni de ninguna otra persona. Todos y todas podremos hacer mucho más para mejorar esta ciudad pero lo primero es entender que el problema es nuestro, nosotros somos parte de la causa y tenemos que ser parte de la solución.
Si usted tiene un hermoso momento en esta ciudad: un maravilloso amanecer sobre la avenida balboa, el avistamiento de un melodioso colibrí en el Parque Omar, la visita de una ardilla a un árbol en vía Argentina, el romance de una pareja de garzas en Panamá Viejo, el jugueteo de perros en Costa del Este, los niños saltando en Don Bosco, un nieto paseando a su abuelo en Betania, un vecino ayudando a empujar
una auto en Pueblo Nuevo, una vecina compartiendo su comida en Parque Lefevre, un turista mirando artesanías en Santa Ana, un vendedor de raspado preparando su magia en la catedral, un peregrino recorriendo Calidonia, una familia de ñeques trasladándose en el Cerro Ancón o un perezoso descolgándose de una rama en las áreas revertidas, usted tiene mucho que compartir y por dar a esta ciudad.
Nosotros hemos hecho de esta ciudad lo que es y podemos salvarla. Todo empieza con un acto de rebeldía.


