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El antisemitismo se maquilla de nuevo

El antisemitismo se maquilla de nuevo
El conflicto armado en Gaza empezó el pasado 7 de octubre. EFE

El mismo fin de semana del salvaje ataque contra la población israelí, una treintena de asociaciones estudiantiles en la Universidad de Harvard distribuyó un comunicado en el que señalaban como único responsable de las decapitaciones, violaciones, torturas, asesinatos crueles y de los demás ultrajes sucedidos el sábado 7 de octubre, a la nación de Israel.

Ese pensamiento no estaba confinado a ese claustro universitario, sino que sorprendentemente gran parte del mundo civilizado, naciones occidentales con mucha educación y mucha experiencia con la violencia y algunos de sus mandatarios, periodistas, académicos y hasta defensores de los derechos humanos culparon a Israel de lo sucedido.

Ahora hay 199 rehenes en la Franja de Gaza tomados por los terroristas de Hamás y son usados como escudos humanos, al igual que los otros 2 millones de maltratados habitantes en ese territorio de 360 kilómetros cuadrados. La frontera de Gaza con Israel tiene 51 kilómetros de largo y con Egipto tiene otros 11 kilómetros de límite fronterizo.

Desde el 2005, las fuerzas armadas de Israel abandonaron la ocupación de Gaza y traspasaron su control a la Autoridad Palestina, una entidad derivada de la Organización de Liberación de Palestina, que controla el otro territorio de ese pueblo, Cisjordania. Por medio de una elección en el año 2006, la Autoridad Palestina perdió el control de Gaza y este pasó a manos de Hamás.

Las realidades de los conflictos políticos, culturales, étnicos y religiosos en el Medio Oriente son sumamente complejas y la mayoría de sus veces fueron causadas por la doble combinación del infame colonialismo europeo y del terrible explosivo de la religión.

Los eternos culpables

Existe un aparato propagandístico e ideológico que en el mundo occidental nos ha envenenado con el antisemitismo. La fuente originaria es por supuesto la religión cristiana que en sus diversas variantes: católica, episcopal, luterana evangélica y ortodoxa afirma, repite, y reitera, una mentira histórica: los judíos mataron a Jesucristo.

Las ejecuciones según la ley judía de esa época se llevaban a cabo de dos formas, por medio del ahorcamiento o de la lapidación. Aunque la crucifixión existía muchos siglos antes, fueron los romanos los que la popularizaron.

En el Derecho Procesal Romano de la época no había ningún espacio para una votación popular o solicitud de indulto para que un pueblo, sobre todo uno colonizado, decidiera a cuál de los reos se iba a crucificar. (Para más referencia sobre este punto se puede consultar mi columna en el enlace Imperator tiberius vs joshua nazaret.

Tanto era el amor de los romanos por Jerusalén que en el año 70 la destruyeron. Por aproximadamente dos siglos más, tanto judíos como cristianos conversos eran objeto de esclavitud, ultraje y genocidio por el imperio romano. Tanto querían los romanos a los cristianos que se los echaban a los leones para que lucharan a muerte por su fe. Cuando en el siglo cuarto de nuestra era el emperador Constantino se convirtió al cristianismo hubo que disimular la verdad histórica de que el propio imperio romano había ejecutado al mesías.

Tras diecisiete siglos, esa infame mentira histórica ha alimentado algunas de las peores vejaciones y barbaridades cometidas por la especie humana. En la Europa medieval a los judíos se les echó la culpa de la peste bubónica, el cólera, la viruela, la varicela e infinidad de otras calamidades.

En Venecia se les aisló en la zona más inhóspita de esa región que se le denominó “ghetto”. De ahí en adelante los europeos aprendieron a arrinconar a los judíos en barrios específicos que facilitaban su control y exterminio (recordemos la valiente resistencia del gueto de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial).

Cuando la Alemania nazi perfeccionaba sus máquinas de muerte en el Holocausto, las potencias occidentales de Estados Unidos y del Reino Unido sabían que había un genocidio en marcha, pero nunca les interesó hacer un solo bombardeo o ataque a una línea de ferrocarril, a un puente, a un muro o de alguna forma hacerle saber a los nazis que los 6 millones de judíos que fueron exterminados eran seres humanos de importancia para los aliados.

Por eso fueron tan destacados los esfuerzos de héroes como Oskar Schindler o Gilberto Bosques, el primero un industrial y el segundo un diplomático mexicano que decidieron salvar familias judías a riesgo de sus propias vidas.

La incompleta solución de crear un Estado de Israel en 1948, sin la creación de un Estado Palestino, devino en la gran tragedia a la que tanto judíos como palestinos parecen estar condenados.

Durante los primeros 30 años de su existencia, la intención de la mayoría de los países árabes era eliminar a Israel. Poco a poco Israel fue reconocida por sus vecinos como Egipto y Jordania. Más recientemente alguno de los Emiratos le ha proferido su reconocimiento oficial, Libia estuvo a punto de formalizar relaciones este año, pero en un sospechoso escándalo esas conversaciones diplomáticas fueron saboteadas y por lo tanto abandonadas. Apenas unos cuantos días después del 7 de octubre estaba programado que Arabia Saudita iba a reconocer oficialmente a Israel. El terrible ataque de Hamás paralizó ese capítulo de la diplomacia internacional.

Ahora

El gobierno de Hamás en la Franja de Gaza vive de los donativos internacionales, los pocos recursos que los palestinos puedan procurar, así como de una multiplicidad de actividades clandestinas. Con la indiferencia y quizás la desidia de agencias del sistema de Naciones Unidas en Gaza, Hamás convirtió a las escuelas en caletos para sus armamentos y se apoderó de espacio dentro de los hospitales para ubicar su estructura de comando y control de sus operaciones militares.

Desde el principio su estrategia ha sido la de usar escudos humanos, rehenes extranjeros o civiles palestinos, que le sirvan de ficha de negociación para vivir un día más.

Los gobiernos de Israel, sobre todo los de derecha, han exacerbado esta crisis de múltiples formas. Entorpeciendo los esfuerzos diplomáticos, guiñándole un ojo a sectores ultraordoxos del pueblo judío o adoptando políticas insostenibles como mantener a Gaza como una prisión a cielo abierto. Las mayores víctimas del terrorismo de Hamás son los propios palestinos. Si Egipto les abriera las fronteras de 11 kilómetros, cientos de miles, quizás más de un millón, se irían de Gaza, pero Egipto no quiere ese dolor de cabeza.

Sea lo que sea que termine pasando en Gaza, no fue la culpa del pueblo judío que los palestinos quedaran como están. Fueron las potencias colonizadoras de Europa, en especial el Reino Unido y Francia, las que definieron en gran parte el mapa del Medio Oriente. Es el fanatismo de las teocracias y dictaduras de la región el que le da alas, capacidades, y respaldo político a Hamás.

La idea desarrollada en los círculos cercanos al emperador Constantino, de que había que echarle la culpa a los judíos, para avanzar otros intereses, sigue muy viva. Lamentablemente quienes persisten en pedir una Palestina libre a cambio de una Israel exterminada, son los nuevos descendientes del emperador Constantino.


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