El fin del excepcionalismo

En las últimas semanas, las circunstancias que rodean la elección presidencial en Estados Unidos -ya próxima a su fin, han dejado de ser aptas para alguien con déficit atencional como yo.

Desde la muerte de la jueza liberal de la Corte Suprema de Justicia, Ruth Bader Ginsburg, pasando por el reporte sobre los impuestos de Trump en donde se denunciaron sus estrategias para evitar pagarlos, el primer debate presidencial y el resultado positivo por coronavirus del presidente y la primera dama, se vuelve cada vez más difícil descifrar el escenario electoral, a muy poco tiempo de la elección del 3 de noviembre.

Como muchos saben, parte del éxito de Trump en general, y especialmente en la campaña anterior, es que -aunque nos cueste aceptarlo- es gracioso y altamente entretenido. Sin embargo, en este último debate, no tuvo esa característica y no fue otra cosa más que desagradable, demostrando que también es autoritario, arrogante y realmente peligroso.

Del debate no hay mucho más que decir. Joe Biden lució débil ante el presidente, excepto por ciertos destellos de lucidez, en los breves momentos en que Trump tomó aire. Aunque, como ya he reflexionado en varias ocasiones, Biden no parece ser el mejor candidato, por momentos sentí empatía por él y parece que puede haber sido también la reacción de muchos.

El fin del excepcionalismo
Joe Biden y Donald Trump. AFP

Y aunque del contenido del debate realmente no tengo nada que decir, lo que si sería importante considerar, es que éste fue probablemente la exposición más triste en toda la historia de los debates presidenciales de ese país, por lo menos en la era moderna. Durante 90 minutos el electorado fue irrespetado, al ver la representación gráfica del declive de la República norteamericana, que alguna vez se pensó como excepcional.

De esta manera, aunque el excepcionalismo americano ha sido parte de su propia narrativa política e histórica por mucho tiempo, si de algo ha servido la presidencia de Trump, ha sido para acabar con esa impresión.

Por ejemplo, la reciente muerte de la jueza liberal Ruth Bader Ginsburg, y el casi inmediato nombramiento de Amy Coney Barret por parte de Trump para suplirla -que depende de un Senado que cuenta con los votos para hacerlo-, hará que la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos pase a ser mucho más conservadora de lo que ya es. Y, por ende, muy probablemente con tendencias religiosas que tendrán el potencial de acercarlos a países que favorecen a minorías, por encima de la voluntad y derechos de la población general. Y ésto, en un país en donde el poder del Órgano Judicial, y especialmente su más alta Corte, es vital.

Al mismo tiempo, la reciente publicación del New York Times, en donde se señaló que Donald Trump emplea los métodos que puede para pagar la menor cantidad de impuestos posibles -solamente 750 dólares el año que fue elegido presidente-, por más que represente un hecho lamentable, particularmente para alguien que afirma poner siempre a su país primero, no puede sorprendernos.

Como sabemos muy bien, la evasión fiscal es un problema global y Donald Trump no es el único millonario que busca evitar contribuir para el funcionamiento de las instituciones públicas de su país. En el contexto de una pandemia global, en donde nuestra dependencia de la eficiencia de estas instituciones se hace evidente, la revelación que implica al presidente de Estados Unidos debe servirnos para entender que esto no es una anomalía, si no más bien un problema que debemos enfrentar si pretendemos continuar bajo un contrato social que pierde credibilidad cada vez más, cuando estas instituciones no pueden cumplir su rol.

Como si fuera poco, unas horas después del primer debate presidencial, Trump y la primera dama dieron positivo por el coronavirus. Luego de meses de minimizar públicamente su peligro, y poco después de burlarse del constante uso público de mascarillas de Joe Biden, el presidente desafortunadamente se llevará por lo menos un susto, sabiendo que su comportamiento tuvo repercusiones que lo alcanzaron.

Ese mismo comportamiento que invita a parte de su base a mantenerse alertas en ciudades como Portland, Oregon, sin considerar el potencial de violencia que la expectativa electoral puede generar. Ese mismo comportamiento que, como me dijo alguien alguna vez en las afueras de la Universidad de Columbia, en Nueva York -antes de que Donald Trump ganara-, la sociedad panameña conoce muy bien en líderes que ya tuvimos y que pretenden regresar.

Hoy Estados Unidos enfrenta un futuro incierto que le impide eludir los vicios del presente y los errores del pasado. La historia de ese país -aunque todos conocemos sus problemas- ha estado articulada en su rol de promoción de libertad y derechos humanos en la corta historia de las naciones. Ese círculo histórico parece estarse cerrando.

A pesar de que cada vez es más difícil entenderlos como los responsables de promover los valores de la iluminación, la magnitud de esos Estados Unidos hace imposible ignorarlos.



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