El golpe de octubre de 1968 constituyó una verdadera sorpresa pública. A tempranas horas de la noche, ya se había derrocado a un presidente muy popular y carismático, que apenas tenía 11 días en el ejercicio del poder.
Se ha sostenido que la asonada tuvo su origen en las medidas político-administrativas, adoptadas por el gobierno del presidente Arnulfo Arias, con respecto a los oficiales de la Guardia Nacional que fueron objeto de traslados o destituciones, en alegada violación del escalafón aplicable a esa institución. De este modo, el factor de disgusto personal ha pasado a la historia como la causa principal o, al menos, la motivación inmediata del golpe, lo cual descarta cualquier versión epopéyica o trascendente de este acontecimiento en la evolución de Panamá.
Además, ninguno de los dirigentes del golpe presentaba trayectoria de líder nacional. Personalidades más bien dedicadas a cumplir funciones profesionales dentro de la institución armada, y bastante distantes del control de los resortes del poder y de los vericuetos de la cuestión política y de la lucha social, carecían de simpatía colectiva.
Esta es otra razón para que, en esos tiempos turbulentos, impulsados con represiones y persecuciones a militantes que rechazaban la interrupción constitucional, no fuera esperable el liderazgo social de los componentes de la cúpula golpista, cuyo currículum cívico no incluía ninguna firme, constante o destacada preocupación por los asuntos de la complejidad social de Panamá. Por eso, no era predecible un liderazgo como el que, con el transcurso del tiempo, fue desarrollando Omar Torrijos.
Luego de la atmósfera de estupefacción que cubrió toda la República con motivo de la nueva situación política, en la que destacaba la seguridad de que se trataba de una experiencia militar igual o parecida a las que ya había sufrido América Latina, los acontecimientos empezaron a obligar a que los observadores enarcaran las cejas.
Las circunstancias fueron moldeando matices para los cuales no había prevención. A lo interno de los golpistas, creció la discrepancia sobre las finalidades y los métodos del golpe. Entre otros motivos de choque directo estuvo el acercamiento hacia grupos o corrientes, comúnmente conocidos como de militancia izquierdista, criterio que se le atribuyó a Omar Torrijos, y los que rechazaban esta nueva y extraña orientación, entre ellos los líderes militares que dirigieron el intento golpista de diciembre de 1969, dirigido precisamente a la defenestración de Torrijos.
Solo con el transcurso del tiempo fue posible comprender las dimensiones de la nueva situación. La carta que Torrijos le dirigió al senador Edward Kennedy puede ayudar a comprender los acontecimientos: “Desde que salí de la academia como segundo teniente a los 22 , fui demasiado utilizado para comandar pelotones de fusileros que estaban prestos a silenciar estudiantes, obreros y campesinos. No recuerdo hasta hoy un solo incidente, en los tiempos en que comandaba tropas especializadas en orden público en que la razón no estuviera de parte del grupo hacia donde apuntaban nuestras bayonetas”.
De allí en adelante, una combinación de métodos de consulta nacional con la adopción de medidas de impulso económico, social y administrativo fue transformando al país, el que quedó en medio de un experimento político que nadie en Panamá esperaba, caja de la que brotaba una sucesión interminable de sorpresas.
En el recuento, quedaron cambios físicos e institucionales: las matrículas de las escuelas públicas aumentaron en 90%, el número de escuelas aumentó en un 43% y se otorgaron más de 25 mil préstamos educativos. La mortalidad infantil bajó de 59 por mil en 1965 a 21 por mil en 1981. El número de médicos por habitantes aumentó en más de 60%, los acueductos rurales aumentaron en un 80%, se duplicó el nivel anual de vacunaciones y se habilitaron más de 300 unidades nuevas en salud rural, con la contribución de un mecanismo especial y novedoso de participación popular llamado “Comité de Salud”.
Hubo avances significativos en el desarrollo de las comunidades, en la construcción de carreteras, aeropuertos, energía eléctrica, y en desarrollo urbano, con el surgimiento en la capital de la República de verdaderas arterias como la avenida Ricardo J. Alfaro y la 11 de Octubre. En materia de inversiones públicas, el esfuerzo fue notable, el cual se desarrolló dentro de un marco de transformaciones institucionales que, a la hora del golpe de estado, nadie estaba en capacidad de prever.
Editor: Ricardo López Arias
Textos: Adolfo Ahumada
Fotografías: Colección RLA/AVSU
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