Como todos los vaticinios y las adivinanzas que se han formulado sobre el futuro han besado la lona y han escuchado esa misma campana que nos ordena a retornar al banquillo y aguardar, entre los susurros y los consejos de los segundas, a esperar el tilín de la campana anunciando el nuevo asalto.
No bien se reanudan las acciones, cuando una nueva andanada de golpes nos hace voltear el rostro hacia nuestra esquina, con la mirada llena de esperanza y anhelando que aparezca la toalla salvadora que ponga fin al desigual combate. Y así transcurren nuestras vidas, unas veces con el ánimo de días mejores y, otras veces, con el desánimo de que en este mundo no cambiarán las cosas.
En el bolsillo de mi camisa llevo siempre conmigo un papelito donde he anotado unos versos del gran poeta uruguayo Mario Benedetti, que me sirven de calmante y supera con creces los remedios de la farmacopea popular y los aprendices de brujos de la aldea cotidiana.
Dice así: “No te rindas, por favor, no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo duerma, aunque el sol se esconda, y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque la vida es tuya, y tuyo también el deseo , porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento”.
Al poeta Benedetti lo conocí una noche, en el Salón de Profesores de la Facultad de Humanidades a donde iba a dictar una conferencia, y manifestó su deseo de conocerme porque durante una cena en Mexico, en la casa de Efraín Huerta, uno de los astros de la poesía mexicana que figura al lado de Jaime Sabines, 0ctavio Paz y José Emilio Pacheco, había leído en mi libro Poemas de Rutina que Efraín poseía en su biblioteca, mi poema Vertical. En otra oportunidad, les contaré la historia de nuestra corta pero sencilla amistad.
Estas reflexiones vienen a cuento a raíz de un documental que vi en un programa de televisión. Pude apreciar los nuevos aviones de combates y bombarderos que la moderna industria bélica exhibe a los televidentes con gran derroche y belleza exterior y su arrolladora capacidad mortífera.
Qué otra cosa ilustra esta clase de exhibición sino que la vida del mundo pende de un “mírame y no me toques” y que las guerras solo le colocan el cartelito “Fin” en las películas.
No hay días en que le televisión no registre inundaciones, incendios forestales, atentados donde mueren inocentes, edificios que se derrumban, madres que pierden a sus hijos en reyertas pandilleras, y desapariciones insólitas. Despojos de tierras de los indígenas, y seres humanos sin vivienda y un sinnúmero de calamidades.
Creo que no será demasiado insistir en una vuelta a los valores de la bondad y la identificación con los seres que sufren. A veces ocurre que desde la más tierna edad ocurren estos ejemplos de ayudar al prójimo. Tengo un sobrinito de solo un año y unas semanas de edad a quien toda la familia conoce como “El Peque”, pero yo lo llamo “El Peque pleque”.
En estos días, ahora que puede caminar solo y sin ayuda, no sé cómo se ha enterado de los juegos del Real Madrid y del Brasil, pero el caso es que entra mi cuarto y me pone el juego que sabe Dios cómo sabe él que me interesa y me prende el televisor.
El autor de esta columna quiere expresar su profundo agradecimiento al Metro bus, que nos ha devuelto la nostalgia y cariño que les quitamos a los diablos rojos.
