Esa dulce tarea de no olvidarte

Esa dulce tarea de no olvidarte
Esa dulce tarea de no olvidarte

Estas líneas escritas a mi heterónimo Julio Viernes llegan con cierto margen de felicidad al último mes de este año.

A Liliana Porter

Como su apellido encaja con el Black Friday, decidí cambiar el negro por el azul y, en mi caso, diríamos Azul Viernes o Blue Friday.

Por este medio les deseo un diciembre azul para todos, y espero que no le demos cabida al solitario y triste compañero de Robinson Crusoe.

Aceptamos que el mundo ha cambiado, pero el anhelo de ser felices sigue siendo el mismo. En estos días, poniendo orden en la gran cantidad de documentos que he atesorado a través de los años, me encontré un artículo firmado por Virginia Fábrega, una entrañable amiga mía a quien hace tiempo no veo, donde relataba algunos recuerdos sobre mí de los que ella había sido testigo.

No obstante, hay uno que voy a añadir que no figura en su recuento. Resulta que en aquel tiempo yo cargaba en mi bolsa de útiles escolares una bola de cristal que yo utilizaba entre el cambio de clases, para sentarme con una bella compañera de clases para leerle su futuro en la bola de cristal, y en un momento dado, les expresaba que además de momentos favorables y felices aparecía el rostro de un poeta “chinito” que iba a ser el amor de su vida.

Traigo a la memoria estos recuerdos, debido a que he entregado a mi editor, el Sr. Luis Eduardo Henao, alrededor de unos 40 sonetos, o tal vez, 44, porque más vale cuatro que 40, para ser publicados en una edición especial con ilustraciones del pintor Mario Calvit.

Se trata de sonetos concebidos dentro de la más absoluta belleza estilística, dedicados a las grandes amigas que en mi mundo han sido y otras que fueron objeto de mi cariño y los efluvios de mi corazón.

Debido a que la idea es de mantener en reserva la sorpresa a las homenajeadas, no hemos dado a conocer los nombres de las mismas.

Como este mes de diciembre lo he dedicado a la añoranza y su evocación lírica, debo confesar a mis lectores que revisando un viejo álbum de recortes de periódicos y fotografías, tropecé con una bellísima foto de Liliana Porter, una figura fundamental y de gran renombre en la plástica contemporánea.

Una noche durante la presentación de una muestra suya en el Museo de Arte Contemporáneo y teniendo como testigo lo que nos dijimos en el catálogo de la exposición, donde intercambiamos cosas fantásticas y maravillosas, es por lo que me he animado a desvelar la memoria de este pasaje que había olvidado.

Aquel sábado en la mañana, en la piscina del hotel El Panamá, ni Liliana ni yo nos podremos olvidar de esa despedida, con copas de vino y boleros románticos chapaleando en el agua transparente y dorada de la piscina. Culminó en la casa de Mariela Sagel aquella noche, donde nos agasajó y saludó el inicio de un mágico idilio, sin apelar a la fatídica frase de “hasta que la muerte nos separe”.

Fue una despedida entre lágrimas, boleros y sonrisas de amor. Mi madre falleció por esas fechas, y no logré asegurar la beca que me había conseguido Liliana. No sé cuánto más se haya llevado el viento.

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