Para nadie es un secreto, ni tampoco un misterio, que todo lo que existió en un momento dado va cambiando. Así apenas nos asombramos de los edificios y torres que vemos en la calle 50, a lo largo de la avenida Balboa y la cinta costera.
Hay una ciudad en la ciudad, como escribió un anónimo poeta bonaerense, “una ciudad que somos todos nosotros, los trabajadores, los artistas, las amas de casa, los poetas, los profesionales, los que duermen bajo las estrellas, olvidados por los diseñadores de las políticas de exclusión, los maestros y los médicos, los intelectuales y los músicos, los cineastas, los almaceneros y los albañiles.
Esa ciudad querida y entrañable que se llama Buenos Aires, a la que le cantó Gardel, la que despidió a Mercedes Sosa, la que recorrieron con su literatura Borges, Sábato y Marechal, Cortázar y Martínez Estrada, la ciudad de nuestros desvelos, la de nuestros abuelos y la de nuestros hijos, hoy, ahora, urgente nos pide que nos unamos para defenderla, defendiendo a los más débiles entre los débiles”.
Cuando leí estas palabras del poeta bonaerense, me pregunté si la ciudad de Panamá no estaba siendo encerrada dentro de una pared de cemento como el gato en el cuento de Edgar Allan Poe.
Cuando yo residía en la avenida B, el recordado pintor Isaac Benítez subía a mi casa para pedirme fósforos y poder encender sus cigarrillos negros. En cierta ocasión me obsequió un cuadro recién pintado que yo decidí llevárselo a Neco Endara, que vivía en San Francisco, como regalo de bodas.
Cierto domingo, sentados y echando cuentos en el patio con sendos vasos de ron y seco, Neco me presentó a su vecino, un señor Ayala, que resultó ser el papa del hoy famoso Osvaldo Ayala. Después, siempre que llegaba los domingos, el señor Ayala llamaba a su hijo indicándole que había llegado el poeta, para que tocara lo último que había practicado.
Años después solía ir a escucharlo, si mal no recuerdo, a un sitio que se volvió muy popular, llamado El Cosita Buena.
Panamá en ese tiempo era una especie de Las Vegas de la rumba y el trago. Casi todos los días estaban abiertos lugares como El Pit Catalina, El Yate de Angelo.
Angelo solía sentarse con nosotros y enterarse del último muerto que traía el poeta Franco en su libreta de apuntes. Una noche que salimos del Yate de Angelo, fuimos a celebrar el cumpleaños de Mamy Frutos, una novia popular que yo tenía, y la fiesta se celebraba en una casa de madera en Curundú. A la hora del “happy verde tu yu” y la brincadera del baile, el piso de tablas cedió y quedamos embarrados de lodo hasta las rodillas .
Había bares famosos como los de calle J y K que ya he recordado en una breve crónica sobre las cantinas. Era una ciudad que escuchó a Orlando Cascarita Guerra, a Reynaldo Valdés el Jabao, y a Johnny Motete Palm. Ni a Dorindo Cárdenas en la cima de la montaña en la Finca Sitton, mientras bailaba al son de El solitario con la inolvidable Linda.
No se trata de establecer ninguna comparación con ese Panamá de edificios altos y torres comerciales, sino la de tender un puente de admiración y de cariño a esa maravillosa y entrañable ciudad del Demetrio Korsi de la avenida Central, a ese sol aristocrático de Demetrio Herrera Sevillano que se daba su baño de pueblo viajando en los Diablos Rojos, a los versos nostálgicos y mágicos de Amelia Denis de Icaza, y a la última gaviota de Ricardo Miró sobrevolando el Casco Antiguo que quizá ya no sea el mismo para mí.
