Entre mis placeres favoritos está la lectura ocasional de ciertos diccionarios de fenómenos reales o imaginarios, de palabras curiosas o sucesos insólitos que ahora releo de vez en cuando.
En días pasados tropecé con la palabra ketchup, y leí que se trata de una palabra de origen chino keochiap, que significa mar de peces. Pasó al inglés como cátchup, una salsa de la India. Johnathan Swift, el autor de Gulliver, la usó en 1730. He traído a colación este pasaje en virtud de ciertas obras que tienden a ser arrinconadas o a desaparecer, en medio del vendaval de inhumanidad y de violencia que azota casi todo el planeta, como las señales reveladas por el apocalipsis.
El mundo cambia constantemente y, en Panamá, la población estudiantil se ha multiplicado y ciertas obras fundamentales de la literatura panameña no guardan relación numérica con la población actual de estudiantes. Entre las que vienen a mi memoria está la Historia de la literatura panameña, del profesor Ismael García. Publicada en 1964 y 1972 por la Universidad Autónoma de México, en su sección de manuales universitarios.
Ensayistas brillantes, como Ramón H. Jurado, Diógenes de la Rosa, Elsie Alvarado de Ricord, han oscurecido su presencia a la luz de este crepúsculo. En un rapto onírico, me pregunté qué hubiera ocurrido si los narcotraficantes se hubieran dado cuenta de las virtudes estupefacientes de la lectura de libros como El Quijote, los de Alejandro Dumas, Stendhal y Flaubert, y en poesía, los sonetos de Shakespeare, Ronsard, Camoens, la magia legendaria de Beowulf y los cantares de Roldán.
A este respecto, a título de aguafiestas, hay que citar a Séneca que en sus cartas a Lucilio le escribió lo siguiente: “Te equivocas, Lucilio, si crees que son como un vicio de nuestros tiempos la ostentación y el abandono de las buenas costumbres, y todo lo que cada cual reprocha a su época. Son cosas de los hombres , no de las épocas; no ha habido período alguno libre de culpa”.
Sé que he tocado un terreno donde la ilusión siempre nos ayuda a no arrojar la toalla frente a la golpiza cotidiana, pero no hay que olvidarse de aquella frase de la sabiduría popular que reza así: “el que no llora no mama”.
Lo que, realmente, mi interés tiene el deseo de resaltar es la vuelta a una educación con cimientos duraderos y sólidos, poner las banderas en manos de 0ctavio Méndez Pereira, Diego Domínguez Caballero, Ricaurte Soler, Miguel Antonio Bernal, Rafael Moscote, Eusebio A. Morales, Rodrigo Miró, Narciso Garay, Eloy Benedetti, Tristán Solarte y otros nombres ilustres.
Estamos en deuda con la obra de Roque Javier Laurenza, iluminar a poetas olvidados como Eduardo Ritter Aislán y reeditar las obras de Joaquín Beleño, Mario Riera Pinilla, reediciones de la obra ensayística de Aristides Martines Ortega, Damaris Serrano Guerra, Margarita Vásquez e Isabel Barragán de Turner, etcétera. Solo con estas armas podremos presentarnos para recuperar nuestra tradición histórica y cultural en su más hermoso contexto espiritual y humano.
