Por las venas de Roger Ebert no pasaba sangre sino puro celuloide. El más grande crítico de cine de Estados Unidos se nos fue el jueves pasado, y todos los cinéfilos que le hemos seguido religiosamente la pista nos sentimos desprotegidos, sin guía.
Cuando supe la noticia de su fallecimiento me puse muy triste y alicaido, era como si un familiar mío que nunca había conocido, pero con el que tuve una relación epistolar desde hace más de una década, se hubiera ido para siempre.
Cada vez que veía una cinta, me gustaran o no los resultados estéticos, me preguntaba: "¿qué habrá escrito Ebert sobre el tema?".
Entonces aprovechaba las bondades de la internet para buscar a mi gurú. Podíamos concordar o estar en esquinas diferentes, pero siempre estudiaba lo que él vía en la pantalla grande y cómo lo interpretaba, y aprendía a partir de nuestras discrepancias un poco más sobre ese hermoso invento que nació en 1889.
Ningún crítico ha sido más influyente, más querido y más odiado en Hollywood que don Roger, por lo menos desde que en 1967 inició esa sana costumbre de opinar a favor o en contra de los productos procedentes del séptimo arte.
Sus textos eran irónicos, sinceros, combativo e irreverentes, y su opinión nunca cedió a las posibles presiones de las grandes productoras ni de las distribuidoras más relevantes. Por eso, en justicia, Ebert fue el primer crítico norteño en obtener un premio Pulitzer por sus comentarios.
Don Roger y su colega y amigo Gene Siskel (laboraba en el diario rival, Chicago Tribune) prácticamente inventaron lo de calificar lo que veían en materia audiovisual; en el caso de ellos era a través de los dedos hacia arriba o hacia abajo como si fueran modernos emperadores romanos.
Estos dos caballeros fueron para el género de opinión fílmica lo que el cubano Guillermo Cabrera Infante representó para los cinéfilos en idioma español o el valor que tiene para España Carlos Boyero o en Panamá un Agustín del Rosario o Edgar Soberón Torchía.
Desde su columna en el periódico Chicago Sun-Times, a través de su blog y desde las páginas de sus libros, Ebert era el comunicador social que podía colaborar a que una película independiente se salvara del naugrafio económico en la unión americana o ponía en su sitio a los espectadores que consumen el cine comercial más banal y piensan que están viendo una obra maestra imperdible.
Pudo contra las pésimas producciones, y pudo vencerle varios asaltos al cáncer, pero esta enfermedad regresó con fuerza y lo venció cuando mi maestro tenía 70 años, cuando estaba recibiendo radiación en el Instituto de Rehabilitación de Chicago.
