Cuando Witold Pilecki tuvo 17 años, se alistó en el ejército polaco y luchó como jinete en la guerra polaco-soviética de 1920. Luego, fue trasladado a la reserva –pero cuando Alemania agredió a Polonia en septiembre de 1939– de nuevo se vistió de uniforme y tomó las armas. Perdida la campaña de 1939, Pilecki no depuso las armas y se integró a la resistencia antinazi que pronto comenzó a desarrollarse en Polonia; fue uno de los fundadores del Ejército Polaco Clandestino, una organización que se dedicaba primordialmente a recaudar información sobre la producción industrial para las fuerzas militares alemanas, documentar las atrocidades cometidas por los nazis sobre la sociedad polaca y preparar los actos de sabotaje contra el enemigo.

El transporte a Auschwitz
En la Polonia ocupada, los alemanes empezaron muy pronto a organizar los campos de concentración donde recluían, entre otros, a todas las personas sospechosas de conspirar contra su poder; los prisioneros fueron forzados a trabajar como esclavos para los ocupantes. Estos campos de trabajos forzados se convirtieron rápidamente en auténticas fábricas de la muerte en las cuales se asesinaba masivamente a los judíos, en el marco de la llamada «Solución final de la cuestión judía», es decir, un plan de exterminio de todo el pueblo judío, adoptado por los alemanes a principios de 1942.

En 1940, en uno de estos campos –en Auschwitz– fueron encerrados algunos dirigentes del Ejército Polaco Clandestino. Como en aquel momento nadie sabía a ciencia cierta qué sucedía realmente en dicho campo, hacía falta por conseguir una información fidedigna. El capitán Pilecki se ofreció de voluntario para realizar esta tarea, resuelto de infiltrarse en Auschwitz; con este objetivo, decidió dejarse apresar por los alemanes. Su plan lo llevó a cabo el 19 de septiembre de 1940; aquel día, los alemanes organizaron en Varsovia una de sus típicas y frecuentes redadas que consistían en arrestar al azar a los transeúntes para enviarlos luego a los campos de concentración o a los trabajos forzados en Alemania. Uno de los detenidos fue Pilecki, quien utilizaba entonces los documentos falsos emitidos a nombre de Tomasz Serafiński. Después de dos días de interrogatorio –junto con otros 1800 prisioneros– fue cargado a un tren que iba hacia Auschwitz. El viaje duró muchas horas. Los presos (amontonados en los vagones de carga), no tenían ni comida, ni agua.
Al llegar a su destino, los prisioneros sintieron de inmediato el anticipo de lo que les iba a esperar. Entre los incesables gritos de los soldados alemanes, se arrastraba a la gente agotada de los vagones, se la perseguía con perros, se la golpeaba con las culatas de los rifles; luego, les entregaron a todos una ropa de campamento a rayas y los ficharon. Pilecki se convirtió en el prisionero número 4859. Desde aquel momento fuimos solamente números, anotó.
Un infierno en la tierra
El campo de Auschwitz fue llamado posteriormente «un infierno en la tierra», con toda razón. Los prisioneros pasaban hambre, fueron forzados a trabajar por encima de sus fuerzas y golpeados continuamente. La muerte –que era omnipresente– fue una parte de la cotidianidad del campo. Si un prisionero no se presentaba en el recuento matutino (porque se había quedado dormido o se había escondido), lo encontraban y fusilaban enfrente de los demás. Si alguien intentaba escapar, lo mataban en el acto; si alguien salió o retrocedió de la fila durante el recuento, recibía una puñalada en los riñones. Uno de los guardias, apodado «La Perlita», entrenaba a su perro pastor alemán, para arrojarse sobre la gente, usando para ello el material humano que allí no le importaba a nadie; el perro se lanzaba sobre los prisioneros que pasaban corriendo y los derribaba, mordía su cuerpo, los destrozaba con los dientes, desgarraba sus genitales, estrangulaba sus gargantas.
Muchas veces los prisioneros tuvieron que permanecer en la plaza de recuento por muchas horas, vestidos tan solo con tenues uniformes a rayas y unos pesados zuecos de madera, a la merced de la lluvia o una helada; si alguien cometió una falta o el guarda estaba simplemente de mal humor, el «culpable» tenía que estar de pie y desnudo. A los prisioneros se los pegaba con palos o látigos de cuero, se les daba patadas y torturaba. –No hubo tumbas. Todos los cadáveres se quemaban en un crematorio recién construido– escribió Pilecki. Por cualquier intento de escapar se aplicaba una responsabilidad colectiva. A los prisioneros se les ponía en fila en la plaza de recuento y se escogían diez de ellos que iban a ser fusilados. La selección para la muerte se llevaba a cabo inmediatamente después del recuento en que se comprobaba la ausencia de un fugitivo, escribió Pilecki.
Ante los prisioneros colocados en diez filas […] aparecía el comandante del campo con su séquito y pasando a lo largo de las filas indicaba a aquel preso que le gustaba, o mejor dicho, que no le gustaba […] Una vez ocurrió que después de haber escogido a un prisionero joven, salió de la fila un anciano cura y pidió al comandante que le escogiera a él, eximiendo de la pena a aquel joven […] El comandante accedió. El cura-héroe se fue a morir y aquel prisionero volvió a la fila.
Con el tiempo, los alemanes empezaron a asesinar a los prisioneros con el gas. A los nuevos transportes los gaseaban al ritmo de más de mil víctimas al día, escribía Pilecki. Se exterminaban sobre todo los judíos transportados a Auschwitz de toda Europa.
Los traían como animales al matadero […]. Luego, por centenares, separadas las mujeres y los niños de los hombres, los llevaban a las barracas que supuestamente iban a ser unos baños (y eran cámaras de gas!). Sus ventanas, tan solo por fuera, eran ficticias, por dentro hubo un muro. Después de cerrar sus puertas aisladas, en su interior comenzaba una matanza masiva. [...] En el futuro se introdujeron varios mejoramientos técnicos en este matadero para la gente, por las cuales el proceso se llevaba a cabo aún más rápido y eficazmente.

La conspiración en el campo
A pesar de las condiciones inhumanas que reinaban en el campo, Pilecki se puso a actuar casi de inmediato, comenzando a crear una organización clandestina –la Unión de las Organizaciones Militares–. Dividía a los prisioneros juramentados en los grupos de cinco personas que, para guardar la cautela, no sabían nada unas de otras; luego, cada de estos grupos se desarrollaba de modo autonómico. Pilecki se daba cuenta de que arriesgaba la vida, tanto la suya, como la de los demás conspiradores. Si se hubiera descubierto su actividad, la pena habría podido ser solo una: la muerte.
No obstante, la organización iba en aumento; en 1943 ya constaba de unos 600 miembros. Sus objetivos eran: sostener el ánimo de otros presos divulgando las informaciones del mundo exterior y enviando fuera las informaciones de lo que pasaba en el campo, conseguir comida, ropa y medicamentos, y preparar planes de dominar el campo con armas. Con el tiempo, comenzaron también a organizarse las huidas de los prisioneros. Es más, los hombres de Pilecki lograron incluso, criar los piojos infectados con tifus que diseminaban luego entre los alemanes. Además, Pilecki preparaba minuciosamente los informes sobre la situación en el campo que luego filtraba al exterior, a la comandancia del Ejército Nacional (la resistencia polaca) y al Occidente. El primero de aquellos informes fue enviado en octubre de 1940.
La actividad de Pilecki en Auschwitz duró más de dos años. En la primavera de 1943 los alemanes –que tenían cada vez más información sobre la conspiración en el campo– empezaron a detener a sus miembros. Muchos prisioneros «antiguos», o sea, los que estaban en el campo por más tiempo, fueron transportados al hinterland de Alemania. La conspiración organizada por Pilecki comenzó a desintegrarse; en esas circunstancias, Pilecki decidió escapar. En Pascua de 1943, junto con dos compañeros, logró fugarse del campo.
Después de su escape de Auschwitz, Witold Pilecki empezó a elaborar los informes sobre su estancia en el campo, preparando tres documentos de este tipo. Describió en ellos la organización y funcionamiento del campo, su trabajo clandestino, la bestialidad de los alemanes, los experimentos médicos realizados en los prisioneros y las condiciones inhumanas de su existencia, así como el genocidio y la exterminación de los judíos. Estos llamados «informes de Pilecki» fueron –junto con los relatos del diplomático polaco Jan Karski– unos de los primeros documentos que informaban al mundo sobre el Holocausto que se estaba perpetrando.
En 1944, Pilecki luchó contra los alemanes en la Insurrección de Varsovia; tras su caída, fue enviado de nuevo al campo –esta vez, a uno de los de prisioneros de guerra–. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial se fue a Italia, pero a finales de 1945 regresó a Polonia, ocupada ya por los soviéticos. En 1947 fue arrestado por las autoridades comunistas, acusado de traición y condenado a muerte. La sentencia fue ejecutada el 25 de mayo de 1948 con un tiro en la nuca.

