Poesía que sabe calar

La obra poética de la istmeña María Olimpia de Obaldía, recordada como la ‘Alondra Chiricana’, tiene un dulce sabor a eternidad.

Poesía que sabe calar
Poesía que sabe calar

Cuando María Olimpia de Obaldía era novia de su futuro esposo, don José de Obaldía Jované, cada quien quedó prendado del otro porque descubrieron su mutuo aprecio por la poesía.

“En Boquete, cuando mis papás eran novios, hacían paseos al río para hacer picnic y se dedicaban a recitar poesías. Mi papá se sabía cientos de poesías de memoria y se fijó que mi mamá recitaba versos que él no conocía y que eran de la autoría de mamá”, recuerda su hija Manonguita de Obaldía.

La pareja se casó el 12 de enero de 1918 y tuvo siete hijos: Manuel José, Mario Jaime, Manonguita, María Jilma, Marcelo Jaime, Marco Julio y Marcio Javier.

“Levantaron una familia grande y ella tuvo tiempo para escribir”, rememora Manonguita.

El esposo de María Olimpia le alentó a seguir escribiendo. Su amada reunió sus versos en Orquídeas. “Allí están los poemas de su juventud, de su noviazgo, de sus primeros hijos”, explica Manonguita.

Fue su compañero quien mandó el manuscrito a don Manuel Roy, quien a su vez se lo entregó al presidente de la República, don Rodolfo Chairi. “Hecha esa cadena”, anota Gloria Guardia, escritora y académica de la lengua, “el libro sale a la luz en 1926, y es inmediatamente bien acogido por la crítica exigente de la época”.

Mientras que su Parnaso infantil (1948) está pensado para los pequeños.

“María Olimpia fue una escritora que quiso llegar con sus versos a todos los lectores, de todas las edades, de ahí que escribiera poemas para niños de distintas edades. El trabajo, la relación con la tierra y con todos los elementos de la naturaleza, los juegos, los mimos, las travesuras, todo el mundo de los niños está en su poesía”, anota Emma Gómez, docente y crítica literaria.

Otro texto esencial de María Olimpia, quien ejerció la docencia en las comunidades chiricanas de Dolega, Boquete, así como en la ciudad capital, es Sobre Visiones eternas (1961).

Para Emma Gómez, en esta obra aparece “su mirada de poetisa/poeta, unida a la de la maestra y de la mujer con sentido de su historia y de la cultura”.

Para Gloria Guardia, Visiones eternas “abarca con sencillez y dominio de la forma un abanico de las circunstancias y sentimientos de la condición humana”.


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